—En este mundo no hay secretos que duren para siempre, acuérdate de eso.
Saber lo que el otro piensa y entenderse a uno mismo: así nunca te derrotan. Desde aquel día en que salió de la familia Montemayor, Vanesa había mandado a sus contactos a investigar todo lo posible sobre Jacinta. Aunque no logró descubrir cómo Jacinta se había enterado del secreto de su origen, sí destapó varias cosas importantes.
—Después de tantos años, sigues igualita —murmuró Vanesa, con un deje de burla—. Tus trucos baratos no cambian, ni tu veneno.
—Vanesa, si te atreves a hacerme algo, la familia Montemayor jamás te lo va a perdonar.
A esas alturas, Jacinta seguía con su actitud desafiante. Vanesa ya no tenía paciencia para sus juegos y, en un movimiento rápido, le apretó el cuello y la levantó del suelo.
De repente, Jacinta sintió que flotaba en el aire. Sus ojos se abrieron de par en par, aterrorizados. Bastaba un leve empujón de Vanesa y ella caería por el barandal.
El instinto de supervivencia la dejó completamente rígida, y un sudor frío se le pegó en la frente. Jacinta aferró la muñeca de Vanesa, su cara enrojeciéndose por la falta de aire.
—Va... Vanesa... esto es... —Jacinta luchaba por sacar las palabras—... asesinato...
—¿Asesinato? ¿Te sientes indefensa ahora? —Vanesa la miró sin inmutarse, soltando una risa seca mientras la acercaba aún más al borde.
—¡Suéltame...! —gritó Jacinta, pataleando, pero Vanesa apretó todavía más. Los ojos de Jacinta comenzaban a voltearse, y sus uñas apenas rascaban la piel de Vanesa, cada vez con menos fuerza.
—En aquel entonces, ella también se sintió así, ¿no? Totalmente indefensa, sin poder hacer nada más que mirar mientras la arrastraban de vuelta al abismo. Ella luchó con todo para escapar, pero tú, con solo un pequeño empujón, hiciste que todo volviera a empezar. Entonces...
Vanesa relajó apenas la presión, lo justo para que Jacinta pudiera aspirar el aire con desesperación, llenando sus pulmones como si fuera lo último que haría. Pero de pronto, la mano de Vanesa volvió a apretar con más fuerza.
—¿Qué pasaría si yo te empujara ahora? ¿Todo volvería al principio también?
—¡Vanesa, estás loca! —exclamó Jacinta, los ojos desorbitados y la voz temblorosa, como si de verdad creyera que Vanesa la iba a lanzar en ese instante. El miedo la dejó sin fuerzas, sintió que se desmoronaba por dentro.

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