Camila levantó la mirada y se encontró con un chico que le sacaba una cabeza de altura, acompañado por otros dos muchachos un poco más bajos. Los tres lo rodearon, mientras el resto de los niños que jugaban cerca detuvieron sus juegos y se quedaron mirando la escena en ese rincón apartado.
Camila apretó los labios, con ganas de decir “hola”, pero por alguna razón, las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. No pudo pronunciar ni una sílaba.
El chico que tenía enfrente mostró señales de impaciencia y le dio un empujón.
—Oye, ¿eres sordo o qué? Te estoy preguntando cómo te llamas.
Camila lo miró fijamente. Sentía que le faltaba el aire, como si de repente el pecho se le apretara y respirar se volviera una tarea imposible. El color se le esfumó del rostro, y apretando una mano contra el pecho, comenzó a inhalar y exhalar con fuerza.
La reacción inesperada asustó a los tres chicos.
—¡Eh! ¡Ni te hice nada! ¿Qué te pasa? —el que lo empujó empezó a desesperarse—. ¡No fue fuerte! ¡Solo te pregunté tu nombre!
—¡Félix le pegó! ¡Félix le pegó! ¡Vamos a decirle a la maestra, Félix le pegó! —alguien gritó desde atrás, provocando un alboroto en el salón que solo empeoraba la angustia de Camila.
—¡Yo no pegué a nadie! ¡No fui yo! —Félix Zambrano respondió a gritos, pero cada vez más niños se acercaban a ver qué pasaba, y Camila sentía que el aire se le escapaba.
—Di algo, por favor, si solo te empujé tantito… ¡No te hice nada! —Félix soltó casi al borde del llanto, desesperado—. Te juro que no quería hacerte daño, ¿ok? Es que soy más alto, pero no fue mi intención…
De pronto, una voz sonó desde la puerta, atravesando el revuelo.
—¿Qué hacen todos amontonados en mi lugar?
—¡Elías, Félix está molestando a tu nuevo compañero! —gritó uno de los curiosos.
—¡No es cierto! —replicó Félix de inmediato.
—¿Compañero? —Elías se detuvo, confundido.

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