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La Princesa romance Capítulo 209

Empujó la puerta entreabierta de la habitación con una patada, sin prestarle ni un poco de atención a las advertencias de Irma antes de salir. O mejor dicho, ni siquiera quería hacer caso.

Camila había llegado como un accidente. Sus papás, en realidad, pensaron en no seguir con el embarazo, pero cuando se enteraron ya tenía tres meses. Al final, entre los ruegos de los demás hijos, decidieron tenerlo.

Por supuesto, Jacinta no estaba de acuerdo, pero como toda la familia dio el visto bueno, para conservar su imagen de niña bien portada, no tuvo más remedio que sonreír y asentir. Por dentro, sin embargo, sentía tanta rabia que casi rechinaba los dientes de coraje.

Aun así, tuvo que reconocer que, cuando Irma dio a luz y resultó ser un niño, respiró tranquila. Aunque no era la menor, seguía siendo la única hija de la familia.

Sin embargo, ni con eso el recién nacido dejó de robarle la atención que antes era solo de Jacinta. Y eso la carcomía de celos y una sensación de injusticia que no podía tragar.

Nunca sintió cariño por su hermano. Todo lo contrario: solo sentía rechazo, por más que el niño fuera lindo, de piel clara y muy obediente. Jacinta no lograba tomarle ningún aprecio.

Apenas vio que alguien entró, Camila dejó de llorar de golpe. Sonrió y abrió los bracitos pidiendo un abrazo.

—Puras lágrimas, ¡ya cállate! —en vez de abrazarlo, Jacinta lo empujó, justo cuando el niño apenas había logrado ponerse de pie.

El pequeño perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la cama. Por suerte el colchón era bastante mullido, así que Camila creyó que era parte de un juego. Se rio contento y, tomando de nuevo la orilla, se puso de pie otra vez.

Todavía tenía las mejillas húmedas, pero volvió a estirar los brazos en busca de un abrazo.

—Ya párale con esa risa, ¡eres un fastidio! ¿Por qué no te pones a llorar hasta que te canses? —bufó Jacinta, cada vez más molesta.

Camila, como si sintiera el mal humor de su hermana, frunció la boquita y, un segundo después, rompió a llorar con todas sus fuerzas.

—¡Llora, llora, es lo único que sabes hacer! Eres de lo peor —masculló Jacinta, y le pellizcó el brazo con fuerza. El dolor hizo que Camila chillara aún más fuerte.

Pero ni así Jacinta se sintió mejor. De hecho, quería seguir desquitándose. Por fortuna, en ese momento sonó el timbre.

—¡Uf! —chasqueó la lengua, dejó de prestarle atención al niño llorón y salió de la habitación, cerrando la puerta con seguro para no escuchar nada más.

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