La otra persona soltó una risa burlona, como si confirmara que Jacinta era, sin duda, hija de una familia adinerada: su primera reacción no fue buscar a sus verdaderos padres, sino temer perder la vida lujosa que tenía si la descubrían.
—No te fue tan mal, la neta. Al nacer, la familia Balderas justo se topó con un golpe de suerte y se hicieron de billete. En cambio, la familia Montemayor tuvo que aguantar cuatro o cinco años de vacas flacas antes de levantar cabeza.
Al escuchar eso, Jacinta no sintió alivio, sino una angustia que le apretó el pecho.
¿Y si…? ¿Y si alguien descubría quién era en verdad? ¿Seguiría teniendo todo lo que quería? ¿Podría seguir comprando lo que se le antojara sin preocuparse?
—¿Y ahora cómo están ellos? —preguntó Jacinta, con los ojos bien abiertos, ansiosa.
La persona se quedó callada un momento.
—¿Ahora? Pues... normal, ¿no? Obvio no se comparan con los Balderas, pero ellos…
—Consígueme la dirección de la familia Montemayor —lo interrumpió Jacinta de golpe.
El detective se encogió de hombros, sin importarle mucho, y en vez de seguir la conversación, sacó el celular y mostró el código para cobrarle.
Jacinta chasqueó la lengua, mirándolo con desdén como si le diera lástima lo obsesionado que estaba con el dinero, pero igual le transfirió el dinero sin dudar.
Cuando el celular vibró y apareció el aviso de que le habían depositado diez mil pesos, el detective sonrió satisfecho, guardó el celular en la bolsa y sacó un papel doblado del bolsillo del pantalón, claramente ya tenía todo preparado.
—Pagas sin hacer tanto drama, así que te paso un extra: esta es la chava que fue cambiada al nacer.
Jacinta tomó la foto: era una joven bonita, incluso en esa foto de credencial se le notaba una frescura y encanto natural. Aunque aún tenía rasgos juveniles, cualquiera que la viera pensaría lo mismo: “qué guapa”.
Entre los hijos de los Balderas, todos eran muy atractivos; aunque Jacinta no se consideraba fea, siempre sintió que no estaba al mismo nivel que sus “hermanos”. Más de una vez se molestó, reprochándole a los Balderas que a los hijos varones les daban lo mejor, y que a ella, por ser la única hija, la dejaban de lado. Hasta en la escuela se lo decían.
Ahora, al ver esa foto, todo cobraba sentido. No era que no hubiera heredado nada, ¡es que ni siquiera llevaba la sangre de los Balderas!
Jacinta guardó la envidia que le burbujeaba por dentro, desdobló el papel y leyó la dirección escrita a mano.

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