—Perdón, no puedo decirle nada —la señorita de recepción presionó el timbre y, en menos de un minuto, un hombre alto y fornido salió del fondo.
La presencia de ese tipo era tan abrumadora que Jacinta sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dio dos pasos hacia atrás, casi sin pensarlo, y salió del lugar.
El hombre, al notar su reacción, cerró la puerta de golpe, cortando cualquier posibilidad de que Jacinta viera lo que ocurría dentro.
Jacinta, llena de impotencia y rabia, le pegó una patada a la puerta para desahogarse. Pero después de haber caminado por más de una hora, sus piernas estaban tan cansadas que el golpe le dolió más a ella que a la puerta.
Se quedó parada ahí, soltando un grito que retumbó en la calle y atrajo la mirada de varios curiosos.
—¿Qué ven? ¿Acaso nunca han visto a una persona molesta?
Con ese grito, la gente se hizo la desentendida y siguió con lo suyo. Jacinta echó un vistazo a su alrededor, y al final decidió meterse a una cafetería cercana. Se sentó en una esquina, dispuesta a esperar a que Vanesa saliera.
...
—¿Quién era hace rato? —preguntó David, bajando por las escaleras.
—Creo que se equivocó de sitio. Vio entrar a la señorita Montemayor y se metió detrás de ella.
David no añadió nada. Dio media vuelta y subió de nuevo. Vanesa, mientras tanto, ni se había inmutado por el incidente. Seguía entrenando con el coach, lanzando y esquivando golpes como si nada. La caminata de más de una hora no había conseguido cansarla. Lo que sí la tenía sudando a mares era esa sesión de sparring, y en menos de media hora ya tenía la camiseta empapada.
Ese gimnasio lo había abierto un amigo de Bernardo. En la familia Montemayor, la mayoría pensaba que las chicas no necesitaban aprender defensa personal, pero Alba tenía otra visión: creía que era justo al revés, que las mujeres debían saber cuidarse. Le preguntó a Vanesa si quería entrenar, y desde entonces, al menos tres veces por semana, Vanesa iba a ese lugar a practicar.
Como era un espacio privado, los entrenadores eran pocos y todo se debía agendar con anticipación. Por lo general, no aceptaban niñas, pero Vanesa y su compañera se portaban bien, tenían talento y, además, Bernardo había ayudado al dueño en el pasado, así que hicieron una excepción.
Pasaron casi dos horas más antes de que Vanesa saliera sola. Ahora llevaba ropa diferente y en los brazos se le notaban algunos moretones. No mostraba ninguna emoción en la cara y caminó directo hacia su siguiente destino.
Jacinta, al verla, se levantó de inmediato y la siguió.
Esta vez, Vanesa entró a una tienda de instrumentos musicales. Por fin, Jacinta pudo pasar sin que la dejaran afuera. Vio cómo Vanesa salía cargando un estuche —al parecer, de violín—, y solo entonces se animó a entrar.

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