Claudio se detuvo frente a la puerta de la habitación, la cerró en silencio y con eso dejó afuera todo el bullicio.
—¿Qué pasa, Claudio?
Claudio solo le hizo una señal de silencio a Elías. Este, tras echarle una mirada a la puerta bien cerrada, tomó a Trueno del collar y salió con él.
En la habitación, la tensión seguía flotando en el aire.
—Jamás pensé que yo, Matías, pudiera equivocarme así. ¡Mira nada más, terminé reconociendo a una inútil como tú!
Si en su momento no hubiera considerado que, si Jacinta armaba un escándalo con el pretexto de reencontrarse con la familia, eso podría afectar las acciones de la empresa… Y aparte, en todos estos años, Jacinta siempre se había dejado controlar más fácilmente que Vanesa; su carácter era perfecto para un matrimonio arreglado. Si no fuera por eso, jamás habría sido tan tonto como para tirar una joya y quedarme con una vulgar imitación.
—Mañana… ¡No, esta misma noche! Esta misma noche agarras tus cosas y te vas al extranjero. No quiero volverte a ver. Cuando tengas la edad suficiente y regreses para casarte como te corresponde, ese será tu máximo aporte a la familia Montemayor. Si quieres seguir con esta vida de lujos, más te vale hacerme caso. Mira a Vanesa, ni siquiera lleva el apellido Montemayor y aun así le va de maravilla. Si crees poder con eso, adelante, inténtalo.
Jacinta no quería irse fuera del país. Ni siquiera hablaba otros idiomas y, con la mejilla tan hinchada, ni ganas le quedaban de discutir. En el fondo tampoco se atrevía a llevarle la contraria.
Lo de hoy le había dejado muy claro que, si no se apellidara Montemayor, lo habría pasado bastante mal… o peor aún.
Pensándolo bien, al menos en el extranjero nadie la tendría amarrada y seguiría siendo la joven señora de la familia Montemayor, por encima de todos.
Ya resignada, obedeció al pie de la letra lo que Matías le indicó y esa misma noche partió al extranjero. A diferencia de Esteban y Elías, que vivían en una hacienda enorme, a Jacinta solo le tocó una casa en una colonia residencial cualquiera, ni de cerca tan lujosa como la mansión de los Montemayor.
Eso sí, Matías no fue tan cruel; al menos le puso un mayordomo y dos empleadas.

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