Cuando los tres entraron, el local no estaba muy lleno. En una de las mesas había tres niños; uno de ellos era más alto que los otros dos.
—¿Vane, Fede? —Irma, la encargada de la caja, fue la primera en notar la llegada—. ¿Y esta señorita debe ser Jazmín, cierto?
Los tres niños también giraron la cabeza al escuchar el alboroto.
—¡Vanesa! —gritó Elías, agitando la mano mientras bajaba de la silla. Camila lo siguió de inmediato y Félix, todavía algo perdido, los imitó al ver que ambos se acercaban.
Vanesa le revolvió el cabello a Elías con cariño y luego miró a Camila.
—¿Cómo han estado?
Camila asintió y tironeó del brazo de Félix, invitándolo a acercarse.
—¿Nuevo amigo? —preguntó Vanesa, cruzando la mirada con Félix. Él le soltó una sonrisa brillante y saludó con educación.
—Hola, señorita, yo soy Félix.
—¿Qué amigo ni qué nada? ¡Si en la mañana casi hace llorar a Camila! —Elías tomó la palabra con gesto desdeñoso.
Vanesa miró a Camila en busca de una explicación, pero ella negó con la cabeza.
—¡Fue un malentendido! ¡Yo no hice llorar a Camila! Si no, ¿por qué me trajo con ustedes? ¿Verdad que sí, Camila? —Félix se apresuró a defenderse, como si temiera que Vanesa tuviera una mala impresión de él.
Camila asintió y justo iba a responder, pero Elías se adelantó.
—¡Bah! Sólo te subiste a mi carro aprovechando la oportunidad.
—¡Elías! —intervino Vanesa, sujetándole la cabeza para que dejara de pelear—. Vayan a comer algo y luego platicamos de lo suyo.
Elías hizo una mueca y entonces notó a Jazmín detrás de Vanesa.
—Hola, señorita.
—¿Jazmín? ¿Tú qué haces aquí? —preguntó Elías, cruzándose de brazos como si fuera todo un adulto.

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