—Hola, somos los nuevos vecinos de al lado. Me apellido Yan, ella es mi esposa y este es nuestro hijo. David, ve y saluda al señor.
—Buenos días, abuelo.
—Señor y señora, no me den tanto crédito, solo soy el encargado de la casa de la familia Montemayor —respondió Claudio, inclinando ligeramente la cabeza como muestra de respeto.
—¿Va a llevar a Vane a la escuela ahora?
—Así es.
—Mire, acabamos de mudarnos y, como es el primer día de clases de nuestro hijo aquí, es normal que esté un poco nervioso. Por eso queríamos preguntar a Vane si le gustaría ir a la escuela junto con David. Por supuesto, mi esposa o yo los llevaremos y recogeremos siempre, no se preocupe.
Bernardo habló con un tono tan tranquilo que no parecía el mismo jefe de carácter fuerte en la empresa. En ese momento, solo era un papá preocupado por su hijo.
—Este... —Claudio dudó, sin saber bien qué responder.
—Está bien —interrumpió Vanesa, decidiendo por él.
—Señorita, esto...
—Yo se lo diré a Esteban.
—¿Por qué no se lo dices a tus papás? —preguntó David, pero Alba le tapó la boca en seguida.
—Porque a ellos no les importa —contestó Vanesa con voz casi apagada.
Alba y Bernardo sintieron una punzada de tristeza por la niña, que parecía tan indiferente.
—¿Quién dice eso? ¡A nosotros sí nos importa! Por eso vinimos tan temprano a preguntar a Vane y a saludar al señor Claudio —dijo Alba agachándose para estar a la altura de la niña. Tomó la mochila de Vanesa y se la entregó a Bernardo.
Mientras acomodaba el cuello de la camisa de Vanesa, una fragancia muy suave, como de flores frescas, llegó a la nariz de la niña, relajándola.
—Señora, huele muy rico —comentó Vane, sin poder evitarlo.
Alba se sonrojó, y le acarició la mejilla con cariño.

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