Al día siguiente, Vanesa llevó a David de regreso con la familia Balderas.
Como la noche anterior había nevado, Camila llamó por teléfono para preguntar si Vanesa iba a regresar a casa ese día.
Vanesa planeaba ir solo a comer y luego marcharse, pero fue David quien, de pronto, dijo que quería visitar a los Balderas. Al fin y al cabo, su hija había estado viviendo con él más de un mes y, aunque no lo dijeran, seguro les preocupaba.
—¿Estás seguro de que no hay problema?
—Tranquila, además quiero probar la comida de tu mamá —dijo David, mientras le acomodaba a Vanesa un mechón de pelo detrás de la oreja. Su mirada era apacible, aunque en el fondo se percibía un dejo de tristeza.
Con esas palabras, Vanesa no encontró motivos para negarse.
Ese día, los cuatro hermanos Balderas estaban en casa, cada uno sentado en una silla de plástico que, con ellos encima, parecía un sillón de oficina elegante. El ambiente en la sala se sentía aún más apretado. Y claro, también estaba Elías, quien según él, solo había venido a “aprovechar la comida”.
Los Balderas, al saber que Vanesa y David vendrían, ni siquiera abrieron el local de comida esa mañana. Desde temprano salieron a comprar ingredientes y ahora andaban de arriba abajo en la cocina.
No es que los hijos no quisieran ayudar, pero la cocina era tan angosta que solo cabían dos personas. Si se metía alguien más, solo estorbaría.
David se sentó en la sala, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, tan rígido y ordenado que parecía otra persona, nada que ver con el famoso “señor Lobos” al que todos temían.
Sobre la mesa había una montaña de regalos; aunque solo era una visita, el panorama parecía más bien el de una pedida de mano.
—Te vi la otra vez en el Estudio Eco de Musas —fue Santiago quien rompió el hielo primero.
Santiago estaba a punto de debutar y, pese a lo ocupado que andaba, pidió la tarde libre para ver a Vanesa. Eso sí, le prometió a Blanca Reyes que compensaría las horas de ensayo en la noche, así que le dieron chance de irse a casa.
David asintió.
—Aquella vez ni siquiera pudimos saludarnos.

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