Desde afuera se colaban las risas y gritos de los niños jugando, lo que hizo que Valentín se calmara al instante y asintiera varias veces.
—Sí, sí, claro. Lucio y yo hicimos unos saquitos aromáticos para relajar y descansar mejor. Luego, cuando regresen, cuélguenlos junto a la cama de todos en casa.
Los saquitos de Valentín no eran como los de los demás. No tenían ese olor fuerte ni estaban hechos con restos de hierbas, sino que usaba plantas medicinales de primera, con un aroma que duraba y que en verdad ayudaba.
Hasta ese año, solo los hacía para su familia. Era la primera vez que los compartía con alguien más.
Valentín le dio unas palmaditas a la mano de Vanesa, y en su voz se notaba el cariño que le tenía.
—Bueno, bueno. Afuera hace frío, mejor entremos ya.
Vanesa aceptó y ayudó a Valentín a entrar a la casa.
—Por cierto, también preparé unos para que Fede recupere energías. ¿Por qué no lo he visto?
—Dijo que mañana vendría a visitarlo.
—Ese muchacho… siempre tan considerado.
A Valentín no le costó nada entender la razón de Federico para no aparecer de golpe.
Justo cuando todos se preparaban para sentarse a la mesa, alguien entró por la puerta.
—Valentín.
La voz, tan familiar, resonó en el pequeño patio de la casa. Todos se quedaron sorprendidos. Al final fue David quien salió a echar un vistazo.
Al poco rato regresó, seguido de un hombre de lentes con armazón dorado.
—¿Isaac? —Valentín se levantó de golpe, incrédulo.
—¿Qué pasa, Valentín? ¿Ya se te olvidó mi cara después de tanto tiempo?
—¡Mira nada más este muchacho! Y tienes el descaro de decir que hace mucho que no nos vemos… Ya pensaba que te habías olvidado de mí, que ni una visita en todos estos años.
Valentín se acercó, mirándolo de arriba abajo, como si quisiera asegurarse de que seguía entero y que la vida no lo había maltratado.
—Vane, ¿ese quién es? —susurró Lucio al oído de Vanesa.

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