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La Princesa romance Capítulo 254

—¿Vas directo al estudio ahora? —preguntó Vanesa, con el tono suave de quien no quiere interrumpir, pero tampoco despedirse tan deprisa.

—Sí… Oye, por cierto, ni siquiera les he dicho feliz Navidad. El regalo de Navidad, el efectivo que te iba a dar en un par de días… No esperaba encontrarte justo aquí —Isaac sacó un sobre de su bolsa y se lo extendió.

—Gracias —contestó Vanesa, aceptando el sobre con una sonrisa discreta. Cada año, Isaac le daba un regalo así. No era mucho dinero, pero lo que importaba era el detalle, por eso ella nunca lo rechazaba y siempre buscaba devolverle el gesto después con algún obsequio especial.

—Perdón, no traje nada para ti —Isaac miró a David, aunque no parecía apenado en lo absoluto.

—No pasa nada —gruñó David, sin mucho ánimo.

A Vanesa le causó gracia la escena y le jaló la manga a David, como para bajarle el mal humor.

Ambos se movían juntos con esa naturalidad que solo dan los años de confianza mutua. Isaac no pudo evitar fijarse en cómo sus manos permanecían entrelazadas, pero en seguida apartó la vista, fingiendo que no le importaba.

—Traje mi carro, ¿quieren que los lleve a algún lado? —ofreció Isaac, tratando de sonar casual.

—No hace falta, también venimos en carro —dijo Vanesa, señalando el suyo que estaba estacionado unos metros adelante.

Isaac asintió al ver el carro y no insistió más. Se despidió de ambos con educación, manteniendo esa distancia justa: ni demasiado cercano, ni demasiado lejano, igual que un amigo de toda la vida con el que no tienes nada pendiente.

...

Manejaba sin rumbo fijo. No quería volver a casa, ni tenía ganas de regresar al estudio todavía. Dejó que el carro lo llevara por la avenida junto al río, hasta que terminó estacionándose en un lugar apartado, donde solo se escuchaba el viento.

Se sentó sobre el cofre del carro y dejó que el viento nocturno, cortante y casi doloroso, le azotara la cara. Parecía no sentir nada; solo se quedó ahí, mirando el agua y perdiéndose en sus propios pensamientos.

Ver a Vanesa hoy no había sido casualidad. En realidad, lo había planeado.

El ambiente de esa reunión lo asfixiaba. Todos lo menospreciaban, y aun así tenía que sonreír, fingir que nada le afectaba. Ese aire viciado le revolvía el estómago.

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