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La Princesa romance Capítulo 307

—¿Tú qué te crees, comparándote con David? A fin de cuentas, solo eres de la familia Morales. Ni siquiera me interesas, y menos siendo un simple heredero títere que ni el control tiene en sus manos.

Las palabras de Vanesa sonaron suaves, pero no dejaron espacio para una sola esperanza.

Él la miró alejarse, tragándose la humillación antes de ponerse de pie. A su alrededor, la gente que pasaba no perdía la oportunidad de lanzarle una mirada curiosa, algunos hasta con una sonrisa burlona, como si disfrutaran presenciar el espectáculo del “rechazo”.

Vanesa, por su parte, recogió sus cosas sin apuro. Cuando bajó de nuevo, Nicolás ya se había ido.

No le interesaba para nada el paradero de Nicolás, pero si él intentaba hacer alguna jugada sucia, a ella no le importaría seguirle el juego. Siempre hay quienes creen que el mundo les debe algo, sin darse cuenta de que su torpeza ya es un secreto a voces.

Se subió al carro. El trayecto fue corto; en menos de media hora ya estaba frente a su casa. Sin embargo, apenas bajó, se sorprendió al ver a una figura conocida parada junto a la entrada.

Jacinta acomodó su ropa, pero no para verse presentable; al contrario, la arrugó un poco más.

Se desordenó el cabello, dándose un aire aún más vulnerable y desprotegido.

Solo cuando consideró que su aspecto lastimoso era suficiente, tocó el timbre.

Nada pasó al principio. Jacinta no se desesperó, aprovechó para observar la casa con detenimiento.

Si no hubiera ido al lugar antiguo y descubierto que no había nadie, ni se habría enterado de que ahora vivían en una casa tan bonita.

Sonrió de lado, los ojos llenos de satisfacción. Siempre supo que era la consentida del destino; no importaba lo que pasara, ella nunca viviría como una cualquiera. Ya volvería a la familia Balderas, y entonces recuperaría la vida de princesa que merecía.

—¿Quién es? —preguntó la voz de Irma Encinas a través del interfono, cálida y tranquila como siempre, inalterable pese a los años.

—Mamá… —Jacinta borró la expresión calculadora de su cara y dejó que la angustia se asomara en sus ojos. Un instante después, las lágrimas comenzaron a brillarle en los párpados.

Irma guardó silencio unos segundos. No dijo nada.

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