—¡Mamá! ¡Ábreme la puerta, por favor!
No importó cuánto suplicara Jacinta, Irma permaneció inmóvil, plantada en su sitio, sin dar un solo paso hacia adelante ni tampoco retroceder. Ignoró por completo los ruegos de Jacinta, como si el viento se llevara sus palabras.
Los labios de Jacinta temblaron y, en cuestión de segundos, dos lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Mamá, te extraño muchísimo...
Hizo un puchero, igual que cuando era niña y buscaba el cariño de Irma.
—Mis padres biológicos no me quieren, lo entiendo… no me criaron, no sienten nada por mí, eso lo tengo claro. Pero tú, que fuiste quien me vio crecer, ¿también piensas dejarme sola?
Irma apretó los labios, su mirada era dura.
—La que nos dejó fuiste tú. ¿Para qué regresaste ahora?
Jacinta intentó ocultar el nerviosismo en sus ojos.
—No es cierto, mamá, ¡yo no los dejé!
Instintivamente, se tocó la nariz con gesto inseguro, como si buscara consuelo en ese pequeño acto.
—Fue Matías —aprovechó un resquicio y su voz sonó decidida—. Matías y los demás me prohibieron hablarles, me obligaron a cortar toda comunicación. Mamá, tú sabes cómo era, yo ni siquiera había cumplido la mayoría de edad, no había nada que pudiera hacer...
—¿Y ahora resulta que ya te lo permiten?
Irma ya no sentía ni tristeza ni rabia. Después de todo lo vivido, tenía el corazón endurecido. Incluso seguir hablando con Jacinta era solo un intento de encontrar una respuesta, una explicación que le diera paz.
¿Qué les debía la familia Balderas a Jacinta para que ella les diera la espalda de esa forma? ¿Por qué tanto rencor? ¿Por qué, después de todo, pretendía culparlos por su propia desgracia y encima tratar de arrastrar a Vanesa, usando a otros para atacarla en internet?
¿Qué había hecho mal esta familia para criar a alguien así, tan ingrato, tan capaz de morder la mano que la alimentó?

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