—¿Y cómo está él?
—¿Y por qué no le llamas tú mismo? —Vanesa le lanzó una mirada de fastidio a Esteban.
Esteban no respondió, parecía una piedra, todo callado.
Ambos hermanos eran igual de tercos. Ayer, Elías también pasaba el tiempo revisando su celular, como si temiera perderse un mensaje de cierta persona.
Pero esa persona, terca como siempre, ni una sola vez le había escrito.
Vanesa, aunque estaba en medio de todo, no se daba cuenta de que ella también era de ese mismo tipo.
—Anda bien, come, toma, hasta juega, aunque incómodo sí se siente, pero por ahora lo único que se puede hacer es dejarlo descansar —al final, Vanesa terminó contándole a Esteban cómo seguía Elías.
El resto del camino siguieron en silencio, hasta que el carro se detuvo frente a la casa de los Encinas. La puerta principal estaba abierta, así que ambos entraron sin rodeos.
El viejo siempre pasaba las mañanas en el patio trasero, tomando café y escuchando música. Guiados por la música, llegaron hasta donde Mohamed descansaba, tarareando despreocupado, como si ni supiera lo que era el remordimiento.
—Señor Montemayor, señorita Balderas, llegar sin avisar no es lo correcto, ¿no cree? —el mayordomo, tras recibir aviso desde la sala de cámaras, llegó en cuanto pudo y les bloqueó el paso.
—¿A poco ahora la familia Encinas presume de modales? —Vanesa fingió sorpresa.
El mayordomo se quedó sin palabras, claramente enterado de lo que había pasado el día anterior.
—Si vienen, la familia Encinas siempre los recibirá, pero aquí hay reglas, y aunque ustedes sean jóvenes, la educación no se puede perder.
—¿Ah, sí? Entonces le encargo que le entregue esto a Mohamed, el mayor aquí. Y que no se le olvide pedir cita antes, porque los jóvenes andamos ocupados y capaz que le toca esperar un rato —replicó Vanesa, con una sonrisita retadora.
Esteban sonrió con una chispa traviesa en la mirada. Le pasó una carpeta al mayordomo, luego le dio una palmada a Vanesa en la cabeza.
Ella captó la indirecta, arqueó una ceja y siguió a Esteban hacia la salida, dejando la mansión Encinas sin mirar atrás.
El mayordomo, al verlos irse tan tranquilos, no pudo quitarse la inquietud de encima. Le olía raro todo eso.
...
—¿Ya se fueron? —preguntó Mohamed, recostado en su sillón favorito, balanceándose mientras pelaba semillas de girasol y tarareaba, muy en su mundo.

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