Vanesa ya lo tenía todo calculado desde antes, se notaba tranquila de principio a fin. Aunque todos la rodearon y la miraban como si fueran a devorarla, su mirada seguía tan serena como un lago en calma.
—Vamos a jugar, tiramos los dados, yo soy la banca.
Su voz no dejó lugar a dudas. Era una orden disfrazada de invitación.
—Sí... sí, está bien.
Patrick Solís, el mismo que había detenido a Ulises, fue el primero en asentir, tan nervioso que ni siquiera permitió que Vanesa se acercara, sino que llamó al mesero para que le trajera todo lo necesario a la mesa.
Al escuchar el nombre de Vanesa, la gente de las otras mesas dejó de jugar y se les unió, curiosos y expectantes.
En ese círculo selecto, Vanesa era una leyenda. Aunque pocos la habían visto en persona, todos los que venían de familias con negocios sabían bien la advertencia de sus papás: “No te metas con Vanesa”. Muchos solo se acercaban por morbo, pero en el fondo querían descubrir qué tenía esa chica capaz de rodearse de tantas figuras importantes y, sobre todo, de provocar ese respeto —y miedo— en los adultos.
El mesero acomodó rápidamente los dados y el resto de las cosas sobre la mesa. Nadie supo en qué momento, pero Vanesa ya se había convertido en el centro absoluto del evento.
—Presta atención.
Beatriz entendió que esas palabras iban para ella.
Sentada al lado de Vanesa, Beatriz no despegaba los ojos de sus manos, atenta a cada movimiento. Pero, a diferencia de los demás, que hacían malabares con los dados para impresionar, Vanesa solo los agitó una vez, sin esfuerzo, y los cubrió sobre la mesa.
—Tres seises —anunció Vanesa, y los demás también empezaron a decir sus números.
Tras dos rondas, le tocó de nuevo a Vanesa.
Ella miró sus dados, luego fijó la mirada en Patrick, tan directo y seguro que el ambiente se tensó.
—Seis seises.
Esa declaración arrancó murmullos y exclamaciones de sorpresa.
Patrick tragó saliva; la frente le sudaba. Cuando jugaba con sus amigos, siempre era el que arrasaba, pero ahora sentía un peso invisible sobre los hombros, como si le costara hasta respirar.
—¡Ábrelo, no puede haber seis seises! Ya ganaste, hombre —le gritó uno desde la multitud, animando a Patrick.
Él también dudaba, pero al ver la mirada de Vanesa, no se atrevía a contradecirla. Se quedó vacilando.

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