—¿Estás sola en casa? ¿Contrataron a la señora que ayuda?
—Sí, ya la contratamos. Fede y los demás también regresan después de clases.
—Pero Santi y yo los fines de semana salimos a trabajar de medio tiempo, así que no estamos mucho en casa.
—Vane, ¿quieres decir… que alguien maltrató a Cami a escondidas, y por eso ahora es tan desconfiado con la gente? —Aurelio por fin captó lo que Vanesa insinuaba.
—Pero hay cámaras en la casa. En esa época la situación no era tan buena, así que solo contratamos a una señora para que cocinara y sirviera la comida. Cuando terminaba, se iba. Además, Cami casi no salía de su cuarto, ni siquiera cruzaba palabra con la señora —Federico no pensó que la idea de Vanesa fuera descabellada; al contrario, le contestó con seriedad mientras analizaban cómo era la vida en casa en ese tiempo.
—Pero Jacinta sí solía quedarse a platicar con Cami cuando nosotros no estábamos —Irma soltó el comentario sin pensarlo y, al darse cuenta, miró a Vanesa con ojos llenos de cautela.
Sin embargo, Vanesa estaba tan metida en sus pensamientos, que ni siquiera notó la incomodidad de Irma.
Aurelio y Federico también voltearon a ver a Irma, negando con la cabeza en silencio. Tampoco ellos sabían cómo se sentía Vanesa respecto a Jacinta Montemayor. Si llegaba a pensar que seguían teniendo trato con ella, podrían surgir malos entendidos y eso no les convenía.
El tema quedó ahí. Vanesa comprendió que seguir hablando no los llevaría a ninguna parte. Echó un vistazo a su brazo, perfectamente vendado, y se despidió antes de regresar a su cuarto.
Dentro, todo seguía en calma, como si nada hubiera pasado. Vanesa se detuvo frente a la ventana cubierta con cortinas, dudó un momento, pero optó por no abrirlas; no quería que su otra mano terminara también con una mordida.
Se dirigió a la cama. Encima seguía su camiseta blanca, todo en su lugar, excepto que en la mesita de noche ahora había varios frascos pequeños de pintura y unas cuantas brochas. Se notaba que quien las usaba las cuidaba con esmero: aunque estaban abiertas, los frascos seguían impecables.
Vanesa, sin darse cuenta, mordía su labio mientras sus ojos se quedaban fijos en las pinturas. Al final, giró y salió de la habitación.
—Pa, ma —llamó desde la puerta de la cocina.


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