La hoja estaba un poco arrugada, pero perfectamente doblada en un cuadrado. Se notaba que la persona que la preparó era meticulosa y cuidadosa.
—¿Qué es esto? —preguntó Vanesa, recibiendo el papel.
—Clara me pidió que te lo entregara.
Al abrirlo, Vanesa vio que la pequeña hoja estaba cubierta de su nombre, escrito una y otra vez. Los trazos eran ordenados, cada letra marcada con fuerza, formando pequeños relieves en el papel. Claramente, Clara había puesto todo su empeño en esa carta.
—¿Dijo algo más? —Vanesa preguntó sin levantar la mirada, el tono de su voz era suave y cálido.
—Me pidió que te dijera que descanses bien, que ella va a estudiar mucho, se va a esforzar para ser alguien increíble y que, cuando lo logre, vendrá a buscarte.
Vanesa asintió despacio. Tomó la carta y la metió entre las páginas de un libro que estaba sobre su buró. Durante aquellos días en el hospital, nadie la dejaba trabajar ni platicaban de asuntos del trabajo frente a ella. Solo podía pasar el tiempo leyendo.
—La mamá de Clara tiene sangre Rh negativo. Ella fue quien te donó sangre. Yo les di treinta mil pesos y les prometí que jamás los trataríamos como si fueran un banco de sangre.
Vanesa volvió a asentir. Sabía exactamente a qué se refería David.
—Hazme un favor, averigua dónde está Salomé. Cuando salga de aquí, quiero visitarla.
—Por supuesto.
—Descansa un poco, todavía necesitas guardar reposo.
Vanesa obedeció, y, gracias al efecto de los medicamentos, pronto se sumió en un sueño profundo.
...
Así pasó casi medio mes en el hospital. Tras varios exámenes, por fin le dieron el alta.

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