—Compañeros, les quiero pedir disculpas por lo de ayer. Este es un regalo que mi papá me trajo especialmente desde el extranjero: chocolates rellenos de licor. Si los aceptan, lo tomaré como que ya me perdonaron por lo que pasó ayer.
Jacinta Montemayor sonreía con dulzura, su voz suave lograba que cualquiera dudara en rechazarla. Sostenía la caja de chocolates entre las manos, pero, salvo que Lucrecia tomó uno, nadie más se atrevió a moverse. El ambiente se volvió extrañamente silencioso, como si el aire pesara.
La sonrisa de Jacinta Montemayor se tornó un poco forzada y fijó la mirada en Vanesa.
—Vane, ayer me pasé con mis palabras, de verdad, perdóname, ¿sí? ¿Me puedes dar otra oportunidad?
Vanesa la observó con una media sonrisa que no terminaba de ser amable ni de ser sarcástica. No dijo ni sí ni no. Jacinta Montemayor seguía ahí, con la caja de chocolates al frente, y mientras los segundos pasaban, la comisura de sus labios comenzó a tensarse.
—Si lo aceptas, lo tomaré como que me disculpas, ¿va? Por favor… —El tono fingido de Jacinta Montemayor le sacó escalofríos a Estrella, quien no se molestó en ocultar su molestia.
Vanesa curvó los labios y estiró la mano para tomar uno, pero en ese instante, Estrella cambió de expresión.
—Vane, tú...
Vanesa le dio una palmada en la pierna para tranquilizarla y, con la otra mano, tomó un chocolate, agitándolo frente a Jacinta Montemayor con la misma sonrisita ambigua.
La mandíbula de Jacinta Montemayor tembló un poco y apretó con fuerza una esquina de la caja. Respiró hondo y, al girarse hacia los demás, ya había recuperado la compostura.
—Si Vane ya lo aceptó, pueden estar tranquilos, no tiene veneno —bromeó Jacinta Montemayor. Después de eso, el resto no quiso prolongar el momento incómodo, así que tomaron los chocolates y dijeron un par de frases corteses antes de marcharse. Hasta Yago aceptó uno, aunque enseguida se lo pasó a otro compañero. Solo Estrella se negó a recibirlo.
Vanesa giraba el chocolate entre los dedos, perdida en sus pensamientos, cuando Estrella se lo arrebató de repente. Vanesa soltó una risa suave, sin reprocharle nada, con una paciencia y cariño apenas disimulados.
—¿Qué le pasa? ¿Ahora resulta que amaneció con otra personalidad o qué? ¿No estará poseída? —Estrella lanzó el chocolate sobre el escritorio, se acercó al oído de Vanesa y frotó el brazo como si se quitara un mal presentimiento. Tanto su cara como su voz dejaban claro que ni quería ni intentaba ocultar su disgusto.
Vanesa se rio.
—¿Quién sabe qué rollo trae?

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