Jacinta Montemayor se levantó temblando, con el cabello hecho un desastre y el maquillaje, que antes lucía impecable, ahora corrido por las lágrimas. Su aspecto no podía ser más descompuesto.
—Papá… —Su voz aún llevaba el rastro del llanto, pero en vez de recibir el consuelo que esperaba, lo que llegó fue una bofetada seca y sonora.
—¡Qué vergüenza das!
La cabeza de Jacinta giró bruscamente hacia un lado por el golpe. Se cubrió la mejilla, los ojos llenos de incredulidad. Desde pequeña la habían tratado con pinzas, los Balderas jamás le habían levantado la mano, ni siquiera le hablaban fuerte. ¿Y ahora? ¡Su propio padre la acababa de abofetear!
¡Si ella era la víctima! ¡La que tenía todo el derecho a estar molesta y herida!
Apretó la mano sobre su rostro, sin atreverse a decir nada ni a levantar la vista, mientras su cuerpo no dejaba de temblar.
—Si hubiera sabido que ibas a ser tan vergonzosa, jamás te habría reconocido como mi hija.
Jacinta levantó la cabeza de golpe, con los ojos llenos de dolor.
—Papá, fue un accidente, yo también me asusté…
—¿Y por un simple animal te pones así? ¿Qué vas a poder hacer en la vida? ¡Vanesa no se asusta por esas cosas! Mírate, ¿en qué te diferencias de las mujeres escandalosas del barrio? ¡Me hiciste quedar en ridículo, Jacinta!
—¡Vanesa! ¡Siempre Vanesa! —Pensó Jacinta, apretando los puños y tragándose toda la rabia.
Con los ojos rojos, murmuró:
—Papá, discúlpame, ya entendí, no volverá a pasar, lo juro… es que antes un perro me persiguió y… me da miedo, pero te prometo que no volverá a suceder.
—Si vuelves a hacer el ridículo, te largas por donde viniste. —Matías solo sentía arrepentimiento por haber pensado que Jacinta sería una hija fácil de manejar. Parecía lista, pero era una decepción tras otra.

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