—Oye, ¿ya llegaron papá y los demás al restaurante?
Jacinta Montemayor, atrapada sin salida, solo pudo mencionar a Matías. Estaba segura de que, fuera lo que fuera, Esteban jamás se atrevería a desafiarlo. Si ella se hacía quedar mal, tal vez a Matías no le importaría mucho, pero frente a tanta gente de su mismo círculo, ahí ya no solo quedaría mal ella… sería toda la familia Montemayor la que cargaría con la vergüenza.
—Ah, pero si no es mi querida hermana —Esteban fingió recién darse cuenta de su presencia.
Jacinta Montemayor apretó las muelas, pero aun así logró forzar una sonrisa.
—Hermano, de veras, siempre con tus bromas.
—Qué lástima, Jacinta. Es cierto que vine a recoger a alguien para ir a comer, pero no eres tú —Esteban sonrió con descaro y la ignoró por completo, encaminándose hacia el interior de la escuela.
—No puede ser, ¡vino a recoger a Vanesa!
—Vivieron juntos diecisiete años, pero parece que ni su hermana de sangre le gana.
—Qué envidia le tengo a Vane, de verdad. Todos la cuidan tanto.
—Oye, ¿ya viste la cara de Jacinta Montemayor…?
—Está bien feo eso, la verdad me da un poco de lástima.
Jacinta Montemayor se quedó rígida, girando la cabeza despacio, mientras sus manos se cerraban con fuerza sin que ella misma lo notara. Escuchaba el murmullo de la gente a su alrededor, las risas que ya nadie se molestaba en ocultar, y no podía apartar la vista de Esteban, quien avanzaba directo hacia Vanesa.
Mientras tanto, Vanesa, la verdadera protagonista de la escena, solo deseaba regresar a su salón. La mirada de Jacinta era tan intensa que era imposible ignorarla. No es que le tuviera miedo, simplemente prefería evitar cualquier pleito y, si podía, tratar a Jacinta como una simple desconocida.
En la vida, hay quienes nos caen mal o con quienes nunca lograremos llevarnos bien. Aun así, Vanesa siempre procuraba esquivar el conflicto en lugar de buscarlo.
En eso, sí había absorbido algo de la familia Montemayor: solo llegar al extremo cuando no quedaba otra salida.
Pero ahora, parecía que no le quedaba más opción. Con gente como Jacinta Montemayor, si te ganaba el odio, no se tentaba el corazón para verte caer. Y si solo podía haber un ganador, Vanesa estaba segura de que sería ella.



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