Él inhaló profundo, obligándose a calmarse.
—Jacinta, ¿acaso hay algo que te esté pesando? Si tienes algún problema, puedes platicarlo con nosotros. Papá, mamá y tus hermanos vamos a hacer todo lo posible para ayudarte.
—¿Y qué pueden resolver ustedes por mí? —En el rostro de Jacinta se reflejaba un desprecio sin filtro.
—No pude entrar a la universidad, no tengo para comprarme un vestido de treinta mil pesos, y ahora solo me dejan vivir en este edificio pequeño y apestoso. ¿Qué pueden darme ustedes? ¿Qué de todo eso pueden cumplir?
Sus palabras, tan directas y filosas, hicieron que los rostros de todos palidecieran.
—¿Todo eso lo dices en serio? —Alfonso, el mayor, trató de mantener la calma, aunque su mirada era tan profunda como un abismo, fija en Jacinta Montemayor. Ella, sin embargo, no apartó la vista ni un segundo.
A ese punto, él ya lo había entendido todo.
—Entonces, ¿desde cuándo supiste que eres la verdadera hija de la familia Montemayor? —preguntó Santiago, tocando el tema que los demás ni se atrevían a mencionar. Y Jacinta, apenas por un instante, desvió la mirada.
—Eso no tienen por qué saberlo —contestó, poniéndose de pie, visiblemente harta.
—Solo vine a avisarles. Desde hoy, cada quien por su lado. Si nos encontramos por ahí, hagamos de cuenta que ni nos conocemos, no quiero que nadie se meta en mi vida. Y sobre el millón de pesos que les prometí, si ustedes no lo quisieron, después no vayan a buscarme arrepentidos.
Se enderezó, altiva, con la cabeza en alto.
—Perfecto, cada quien por su cuenta. Para mí, la familia Balderas nunca tuvo una hija llamada Jacinta. Y sobre ese millón, quédate tranquila, Jacinta. Aunque la familia Balderas termine pidiendo limosna en la calle, jamás te vamos a pedir ni un solo peso. —La voz de Aurelio sonó tan tranquila que ponía los pelos de punta.
Cerró los ojos, ocultando cualquier emoción.
—Vete. Si algún día nos volvemos a cruzar, para mí serás una desconocida.
A partir de ese día, Jacinta nunca más regresó.
...
El altavoz del autobús anunció la siguiente parada. Federico, todavía aturdido, bajó por inercia. Alzó la vista y vio cómo el sol se ocultaba, tiñendo el cielo de naranja y dorado. La postal era hermosa, pero a él solo le dejó una sensación de vacío en el pecho.


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