No sabía si era porque Irma cocinaba tan bien, pero Vanesa sentía que, aunque los platillos de aquí estaban sabrosos, seguían sin compararse con los de Irma.
—Disculpen, señor, señorita, perdón por la molestia, pero hoy el restaurante fue reservado por otro cliente, y como no tienen cita previa, no pueden pasar.
—Amor, ¿no que sí íbamos a entrar? —La mujer se colgó del brazo de Vicente Beltrán, usando una voz tan melosa que a cualquiera le provocaría escalofríos, pero al tipo parecía encantarle.
—Claro que vamos a entrar —le respondió Vicente, y sin ningún pudor le plantó un beso sonoro en la mejilla. Pero al voltear hacia el mesero, su expresión cambió por completo.
—¿Cita previa? ¡Qué tontería es esa! ¿Reservado? ¡Eso es cuestión de dinero! Sácalos a todos de aquí, yo pago el doble.
—Discúlpeme, señor —el mesero se inclinó apenas, pero al tipo le ardió la cara de la rabia, como si lo hubieran humillado frente a todos, algo que su ego no toleraba.
—¿Sabes quién soy? ¿Tienes idea de quién es mi papá? ¡Si quiero, hago que cierren este lugar!
En un restaurante de lujo lo más importante era el ambiente, y claramente ese ambiente se fue al demonio. Pero a Vanesa no le importó. Siguió probando los platillos con calma, arrugó el entrecejo y dejó la cuchara a un lado.
Levantó la mano y el mesero se acercó de inmediato.
—¿En qué puedo servirle, señorita?
—Esto se pasó de cocción, la carne ya está dura y perdió su sabor.
—Lamentamos mucho el inconveniente, le traeremos otra porción enseguida, ¿le parece bien?

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