Hacienda De la Riva.
—Doña Leonor, la familia Valente llamó para decir que están dispuestos a casar a su hija con el Sr. Jaime para el Matrimonio de Fe. Nos pidieron que enviemos a alguien a recogerla mañana mismo.
Sentada en el sofá, la anciana de más de setenta años y cabello plateado habló con evidente alegría: —¿De verdad? ¿La familia Valente realmente aceptó?
—Así es, Doña Leonor. Fue el mismísimo Ricardo Valente quien llamó directamente a Mendoza. Él me lo dijo en persona, no hay margen de error.
Mendoza era el mayordomo principal de la familia De la Riva, casado con Doña Rosa, y ambos llevaban años al servicio de la hacienda.
—¡Qué maravilla! Por fin hay salvación para mi nieto mayor. Rápido, dile a Mendoza que prepare el arreglo económico que prometimos. Mañana mismo iremos a la Mansión Valente a buscar a la chica.
—Sí, Doña Leonor. Pero, por favor, no se altere demasiado, recuerde que se le puede subir la presión.
—Ay, a mis viejos huesos ya no les queda mucho tiempo. Mi mayor deseo ahora es ver que Jaime se recupere. Si pudiera darme un bisnieto, sería aún mejor; tal vez la ilusión me daría fuerzas para aguantar un poco más.
—Doña Leonor, piense en cosas positivas y verá que su salud mejorará. ¿No dijo el guía espiritual que la compatibilidad de destinos entre la señorita Valente y el señor Jaime es perfecta? Este Matrimonio de Fe será un éxito, el Sr. Jaime se pondrá bien.
—Tienes razón, tengo que estar fuerte. Aún debo ayudar a Jaime a criar a sus hijos. Rápido, tráeme la medicina, me la voy a tomar.
—Enseguida, Doña Leonor —respondió Doña Rosa, yendo a buscar la medicina con una sonrisa.
Últimamente, la anciana no había podido pegar ojo debido al empeoramiento en las piernas de su nieto. Su salud, ya de por sí frágil, había empeorado porque se negaba a tomar sus medicamentos.
Pero ahora todo era distinto. Con la aceptación de la familia Valente para entregar a su hija como novia de sanación, Doña Leonor había recuperado la esperanza y hasta pedía su medicina por voluntad propia.
En el piso de arriba.
Jaime de la Riva estaba sentado en su silla de ruedas en el pasillo del segundo piso. Observó en silencio la alegría de su abuela, dio media vuelta y regresó a su habitación.
Al mirar sus propias piernas, hinchadas y en evidente estado de necrosis, no pudo evitar sentir asco. Le quedaban menos de tres meses de vida.
Habían consultado a innumerables médicos de prestigio, tanto nacionales como internacionales, pero ninguno había encontrado una solución.

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