La cara de Abigail se puso de inmediato del color del hígado de cerdo, y a un lado, Federico no pudo evitar soltar una carcajada.
—Señor Mendoza, mi esposa y yo necesitamos platicar, ¿podría salir un momento? Los asuntos de familia hay que tratarlos entre nosotros.
Rafael lo echó prácticamente, y aunque Federico no estaba nada contento, al final sabía que él era solo un invitado, así que tuvo que salir a regañadientes.
Leonor notó que Rafael, con eso de dejar solo a la familia, no le pidió a Abigail que se fuera. Ella seguía ahí, como si tuviera algún derecho.
En la habitación del hospital solo quedaron Leonor, Rafael y Abigail.
—Ya renuncié por ti al trabajo en el centro de menores —Rafael soltó eso como si fuera lo más normal del mundo. Leonor abrió los ojos de par en par.
—¿Y tú con qué derecho?
—Con el derecho de ser tu esposo legalmente.
Esa respuesta la dejó sin palabras.
—Nomás llevas unos días trabajando y ya armaste escándalo en el hospital, en la policía y dondequiera que pisas. No tienes madera para andar de figura pública. Mejor quédate en casa, atiende el hogar, eso sí te sale bien. Yo no te voy a dejar desamparada ni mucho menos…
—Rafael, ya te pedí el divorcio —Leonor lo interrumpió, apretando los dientes.
—Pero yo no acepté —contestó Rafael con total seguridad.
Abigail, que estaba a un lado, ya tenía su vestido rosa hecho trizas de tanto retorcerlo entre las manos.
Otra vez, la conversación se fue a pique. Leonor sentía como si hubiera descargado toda su rabia en un solo golpe, solo para darse cuenta de que el otro ni se había inmutado.
Antes de irse, Rafael todavía tuvo el descaro de decirle que si no le gustaban las rosas rosas, podía avisarle con tiempo y la próxima vez mandaría a Manolo con otras flores.
...
Al salir del área de hospitalización, Abigail vio cómo Rafael sacaba una cajetilla de cigarros y encendía uno.
No podía fumar allá adentro, así que aguantó el antojo hasta ahora.
Leonor contrató el paquete más caro: cien mil pesos. Federico quiso pagar por ella —sabía que después de casarse Leonor nunca había trabajado y que a fin de cuentas todo el dinero era de Rafael—, pero Leonor sacó su propio celular y pagó sin dudar. Además, la expresión de Leonor no parecía de quien está gastando dinero de la familia Aranguren.
Federico sintió curiosidad, pero prefirió no preguntar. Si Leonor no quería contarle, él no tenía por qué meter la nariz.
Al salir de la agencia, Leonor se sintió un poco más ligera.
—A ver, dime, ¿qué quieres comer? Yo invito —propuso Federico.
Leonor negó con la cabeza.
—Tú viniste a acompañarme, lo lógico es que yo te invite.
—No, no, no. La vez pasada la comida japonesa la iba a invitar yo, y al final ni me di cuenta y terminaste pagando tú. Tengo que desquitarme.
Leonor no sabía si reír o llorar, Federico sí que tenía un retraso para entender las cosas.
Mientras caminaban por la banqueta buscando dónde comer, el celular de Leonor empezó a sonar.

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