Era Peter quien llamaba por teléfono.
Federico, al ver a Leonor platicando, notó cómo su expresión se volvía cada vez más seria. Su instinto le decía que ese almuerzo ya se había arruinado.
Tal como temía, Leonor terminó la llamada y, con una mirada de disculpa, le dijo:
—Perdón, tengo un asunto urgente. Mejor lo dejamos para otro día, ¿te parece?
—Claro, lo primero es lo primero. Atiende lo que tengas que hacer.
Federico acompañó a Leonor hasta que subió al taxi. No bajó la mano hasta que el carro se perdió entre el tráfico. Luego, murmuró al aire:
—¿Cómo le hago para que te des cuenta que te estoy buscando?
...
Siguiendo la ubicación que Peter le había mandado por mensaje, Leonor llegó en taxi a un restaurante de esos de lujo, con estrellas Michelin y todo. A través de los ventanales pudo ver que Peter ya la estaba esperando adentro.
—¿Llevas mucho rato esperando? El tráfico estaba imposible —dijo Leonor al sentarse frente a él.
—Nada de eso —contestó Peter, sacando un fajo de papeles gruesos de una carpeta—. Aquí están los diseños de los nuevos practicantes de la empresa. En el equipo nadie se pone de acuerdo, así que me tocó pedirte ayuda, experta.
Peter le hizo una seña exagerada de súplica, tan dramático que Leonor no pudo evitar reírse.
—Hace años que no diseño joyas, seguro ya ni tengo buen ojo. ¿De verdad confías tanto en mí?
—Hay gente que justo por eso prefiere tu estilo “anticuado”, ¿sabías?
Leonor soltó una sonrisa y comenzó a revisar los diseños que Peter le pasaba.
Como eran bocetos de practicantes de Finesse D'Or, seguro entre ellos estaba alguno de Abigail, pero los dibujos no llevaban nombre y Leonor no pudo identificar ninguno.
No es que Leonor quisiera ponerle el pie a Abigail, al contrario, le daba curiosidad. Rafael no dejaba de hablar de ella, decía que Abigail era una promesa en el diseño de joyas, y si había conseguido entrar a Finesse D'Or, Leonor quería ver con sus propios ojos el talento de la muchacha.
Con paciencia, Leonor calificó todos los diseños. Después, mientras comían, platicaron de todo un poco.
Con la noche cayendo, el Hotel Panorámico Jardines lucía imponente, sus paredes de cristal brillando como joyas bajo las luces.
Por la gran puerta giratoria de cristal, fue entrando el grupo.
Eran dos hombres y tres mujeres, pero no había duda de quién era la estrella de la noche: la chica del vestido rosa de seda, ajustado como cola de sirena.
Abigail había invitado a Rafael, Mario, Gabriela y Silvia para celebrar que dejaba de ser practicante en Finesse D'Or para convertirse en empleada de planta.
—Abi, te ves increíble, pareces una princesa —le soltó Gabriela, deslumbrada.
Mario, al escuchar el halago, agitó el dedo con picardía.
—Eso no es saber platicar, Gaby. Ahorita deberías decir que Rafa salvó la galaxia en otra vida para merecerse a una esposa así de guapa. ¿A poco no, cuñada?
Abigail, entre risas, le dio un golpecito juguetón a Mario, quien la miró haciendo muecas.

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