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La Reina del Norte romance Capítulo 2

Nos quedamos mirándonos, estremecidos de emoción, nuestras manos trémulas entrelazadas, nuestros corazones latiendo con fuerza, mientras el sacerdote decía algo sobre marido y mujer.

Incapaz de contenerme, no esperé que terminara de hablar para alzar el velo y encontrar esos hermosos ojos purpúreos brillantes de lágrimas de felicidad como los míos. Risa alzó apenas la cara hacia mí, en ese gesto que, a solas, solía bastar para que comenzara a desnudarla.

Se suponía que el beso era más bien simbólico de la unión de los cuerpos tanto como de las almas, pero apenas rocé sus labios de miel, me resultó imposible contenerme. Su boca se entreabrió para hacer lugar a mi lengua, y me echó los brazos al cuello cuando le sujeté la cintura para atraerla contra mí, mientras a nuestro alrededor todos nos aplaudían y vivaban.

El pobre sacerdote se había hecho a un costado cuando tuvimos a bien dejar de besarnos, y guié a Risa de la mano hacia la tarima. Nos arrodillamos ante madre, que apoyó sus manos en nuestras cabezas para darnos su bendición.

—A ver si se comportan —nos susurró divertida—. Ya tendrán su noche de bodas, pero de momento aún es mediodía.

Risa abrió los ojos como platos, fijos en la falda de madre, y se ruborizó de vergüenza. Madre lo advirtió en su esencia y le tendió la mano riendo por lo bajo. Risa la ayudó a incorporarse y retrocedí un paso para que todos las vieran juntas, frente a frente, tan similares que más parecía su madre que la nuestra.

—Que Dios te bendiga, querida Risa —dijo madre, alzando la voz para que todos la escucharan—. Me enorgullece llamarte hija, y en nombre de todos los aquí presentes, te doy la bienvenida a tu nueva familia. Quiera Dios que sepamos amarte y honrarte como mereces.

Una vez más, los ojos de mi pequeña se llenaron de lágrimas de emoción cuando volvió a hincar su rodilla ante madre, llevándose su mano a la frente.

—Te lo agradezco de corazón, mi reina y madre —dijo con voz un poco temblorosa—. Quiera Dios que sepa ocupar mi lugar entre ustedes para honrarlos y amarlos aún más que ahora.

Entonces madre me tendió su otra mano, volviéndose hacia mí con una sonrisa plena de amor.

—Que Dios los bendiga, hijo mío. Permíteme decirte en nombre de todos que estamos agradecidos y orgullosos de llamarte Alfa.

Aquello no estaba en el ceremonial, y sus palabras inesperadas me cerraron la garganta. Besé su mano conmovido y la apreté un momento contra mi pecho. Risa y yo la ayudamos a volver a ocupar su trono y bajamos juntos de la tarima, yendo a pararnos un paso a la derecha de madre.

Mis hermanos y cuñadas rodearon los tronos para felicitarnos, y luego mi tío Eamon y su compañera fueron los primeros en acercarse de entre los invitados. La calidez manifiesta con que saludaron a Risa me hizo sentir reconfortado, porque resultaba evidente que a nadie le importaba que no fuera loba. Luego fue el turno de Artos con su Luna, y por supuesto que mi tío hizo una broma sobre su encuentro con Risa el año anterior.

—La manada ha ganado un tesoro contigo, pero los baños nunca volverán a ser lo mismo.

Mi tía le asestó un codazo, meneando la cabeza avergonzada. Risa, sin embargo, rió por lo bajo sosteniendo su mano enorme entre las suyas.

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