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La Reina del Norte romance Capítulo 6

El suelo cubierto de nieve vibraba bajo mis patas cuando me dirigí al pabellón. La luna llena se alzaba sobre las montañas, y todos los invitados a la boda se internaban en el bosque a disfrutar la cacería en aquella noche helada. Yo, en cambio, me apresuré a cambiar y volver a vestirme para regresar al castillo.

Risa me esperaba en los escalones de la entrada principal, bien abrigada en su grueso manto de pieles blancas, y se incorporó al ver que me acercaba a paso rápido. Bien, tan rápido como me era posible en dos piernas y con la nieve por las pantorrillas.

Trepé los escalones para tomarla en mis brazos y la besé en el gélido aire nocturno, bajo el resplandor pálido de la luna que me hacía cosquillas en la sangre.

—¿Estás seguro que no quieres ir de cacería tú también? —preguntó junto a mis labios, su aliento formando nubecillas de vapor entre nosotros.

La solté sólo para tomar su mano y conducirla de regreso al interior del castillo.

—¿Tendré que explicártelo de nuevo? —sonreí, divertido por su insistencia.

Pegó su brazo al mío y asintió junto a mi hombro mientras nos encaminábamos a las escaleras.

—Lo que hace tan especial el plenilunio es que es el momento del celo, en el que las mujeres son fértiles —dije, subiendo con ella—. Lo que agudiza nuestros sentidos y nos pone como en ascuas es un instinto puramente animal: la posibilidad de encontrar compañero y emparejarnos. Las cacerías son una tradición para permitir que los solteros interactúen aunque no se conozcan, y quienes ya están imprimados den salida a esa energía extra antes de reunirse en la intimidad con sus compañeros.

—Y tú no precisas dar salida a ninguna energía extra —terció con sonrisa pícara.

Ya nos deteníamos frente a nuestras habitaciones. La alcé en mis brazos y abrí la puerta con el pie.

—Oh, no. La reservo toda para ti —respondí riendo por lo bajo.

Esa noche me recordó a las que solíamos pasar el año anterior, a escondidas en su habitación, sin tantas prisas como la noche anterior. Nos tomamos un momento para alimentar el fuego y quitarnos las pesadas prendas de abrigo que ambos cargábamos.

Había sido una jornada larga, agotadora, que culminara en una fiesta con música y danzas hasta la salida de la luna, con todos los discursos y la diversión de la que nosotros no participáramos la noche anterior porque debíamos atender a cuestiones más importantes: hacer el amor por primera vez.

Volví a cargarla en brazos para llevarla a nuestra cama y me deslicé a su lado bajo las mantas. Me atrajo hacia ella, ofreciéndome sus labios de miel. La besé perdido en la serena plenitud de haber dejado atrás por fin la necesidad de secretos y disimulo.

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