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La Reina del Norte romance Capítulo 4

Seguí besándola hasta saberla perdida en su placer y retiré un poco mi dedo, para sumar otro al hundirse en su vientre. Su cuerpo se tensó un poco, sin rastros de dolor físico, y el placer que le produjo la fricción más intensa hizo que su carne pulsara contra mis dedos.

Sentí el tirón de mi ingle y el ramalazo de fuego en las entrañas. La deseaba tanto que dolía, pero jamás me arriesgaría a causarle el menor malestar por dejarme llevar por mi propia urgencia.

De modo que volví a besar su pecho, su cuello, sus labios, mi mano moviéndose un poco más rápido entre sus piernas, disfrutando cada gemido, cada gesto, cada muestra de su placer. Sabiéndola perdida en mis caricias, me atreví a sumar un dedo más en su vientre, atento a su reacción.

Su expresión se contrajo y un eco de dolor ensució su esencia, pero se disipó antes que pudiera apartar mi mano. Un momento después volvía a gemir, los brazos tendidos más allá de su cabeza, empujándose en la cabecera de la cama para impulsarse contra mis dedos.

—¡Por favor, mi señor! —gimió echando la cabeza hacia atrás, su corazón latiendo con fuerza en su pecho como su vientre contra mis dedos.

Ya no podía contenerme más.

Dejé de acariciarla para tenderme sobre ella y le enlacé una pierna con mi brazo. Sumé mi propio gemido a los suyos cuando mi ingle rozó su vientre. Me echó los brazos al cuello, atrayendo mi pecho sudoroso contra el suyo, y buscó mis labios sin necesidad de abrir los ojos.

Me impulsé apenas, con cautela, porque el temor a lastimarla superaba mi urgencia, y sentí que mi erección se adentraba apenas en su vientre. Entonces alzó las caderas, y antes que pudiera darme cuenta, estaba hundido a medias en su cuerpo.

Retrocedí de inmediato y me sujetó la cara, obligándose a abrir los ojos para mirarme.

—Estoy bien, mi señor —aseguró agitada, ingeniándoselas para sonreír.

Sus palabras dieron por tierra con el poco autocontrol que aún conservaba. Mis caderas se movieron hacia adelante otra vez con lentitud, pero sin detenerse. Risa se tensó, los ojos cerrados, con un gemido ahogado al tiempo que penetraba su vientre por primera vez.

Aguardé un instante, completamente hundido en ella, hasta asegurarme que estaba bien. Sólo entonces comencé a mecerme dentro de ella, su esencia envolviéndome en su deseo y su placer, su vientre cálido acariciando mi ingle con cada movimiento, enloqueciéndome. Nunca había experimentado nada semejante. Nunca me había sentido tan pleno.

Verla deshacerse entre mis brazos, su vientre palpitando contra mí, me empujó más allá de todo límite y me derramé en ella.

Pero tan pronto se extinguió aquel fuego cegador en mis entrañas, se apoderó de mí un súbito miedo artero. ¿Cómo reaccionaría su cuerpo a mi simiente? ¿Y si la enfermaba? ¿Y si a pesar de todos los recaudos y la preparación nuestros cuerpos no eran compatibles, y mi simiente envenenaba sus entrañas? Me inmovilicé sintiendo una punzada fría en mi pecho y me alcé un poco para observarla.

—¿Estás bien, amor mío? —articulé en un susurro agitado.

Durante el año anterior, cuando tenía que vendarse los ojos para estar conmigo, Risa había aprendido a leer cada signo de mi cuerpo y de mi voz sin necesidad de verme. No se molestó en abrir los ojos para asentir y volver a echarme los brazos al cuello.

—Creo que nunca antes me sentí mejor —respondió—. Aunque no sé cuándo podré volver a moverme.

Sonrió al escuchar la mezcla de risa y gruñido que me arrancaron sus palabras. Dejé su cuerpo besándole la frente húmeda de sudor para volver a tenderme a su lado. Me temblaban las piernas y me costaba llenar los pulmones. Aun así, seguí observándola. Pero Risa se había distendido, y a pesar de que seguía agitada, nada en su esencia revelaba el menor rastro de dolor.

Sin embargo, algo en mi interior se negaba a bajar la guardia. Risa se había adormecido. Me obligué a levantarme y crucé la habitación para alimentar el fuego, porque era la noche más fría desde que comenzara el invierno.

Me demoré agachado ante el hogar, la vista perdida en las llamas, combatiendo el temor que me carcomía por dentro. Sus brazos delgados, pálidos, aparecieron de la nada a rodear mi pecho desde atrás.

—¿Qué ocurre, mi señor? —preguntó en mi oído.

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