Cristina volvió en sí cuando ya caía la tarde.
La voz de Marco llegó desde la puerta, baja y cargada de tensión.
—Señor Lozano, en el fondo usted sabe que Julieta alteró las muestras, pero el primer análisis no dejó lugar a dudas, por eso la señora tuvo que pasar por todo esto. Menos mal que usted contactó a Diego, así el segundo examen permitió destapar la verdad. Cuando la señora despierte, explíquele bien todo, por favor.
No se escuchó la respuesta de Octavio, pero la abuela dejó escapar un suspiro molesto.
—Tú sí sabes medir las consecuencias y pensar en estrategias, pero ¿y Cristi? ¿Acaso ella puede hacerlo? La verdad siempre sale a la luz, pero cada vez que le hacen daño, su corazón se va cerrando. Hay heridas que se quedan grabadas para siempre.
Octavio guardó silencio ante las palabras de la anciana. Tras un momento, preguntó a Óscar.
—¿Cómo está ahora? ¿Todavía corre peligro?
Tal vez por el remordimiento, la voz de Óscar salió apenas un susurro.
—Señor Lozano, no puedo asegurar qué sustancia le dieron, pero tengo una idea. Aunque ya le limpiamos la sangre por completo, el daño al cuerpo es delicado, y si no se cuida bien, podría haber secuelas.
—¿Qué tipo de secuelas? —preguntó la abuela, con el ceño fruncido.
Óscar dudó un instante antes de responder.
—No es fácil decirlo, pero podría desarrollar daños orgánicos permanentes.
Las palabras de Óscar hicieron que Cristina tosiera con fuerza, ahogada por la angustia.
—Cristi…
Octavio entró de inmediato al cuarto, se acercó y tomó su mano.
Cristina la apartó como si hubiera recibido una descarga.
—No… ¡No me toques!
Octavio quedó paralizado en el sitio.
Natalia Lozano se abrió paso entre su nieto y la cama, y tomó la mano de Cristina.
—Cristi, esta vez sí que sufriste mucho. Te juro que tu abuela te va a respaldar.
Cristina sentía la garganta reseca y áspera.
Óscar subió el respaldo de la cama y le ayudó a beber agua.
—¿Se supone que ahora debo darte las gracias, doctor López?
Óscar desvió la mirada, incómodo.
—No tienes por qué, ayudar a los demás es mi deber como médico.
Cristina lo observó en silencio, sin decir nada más.
La presión en el ambiente obligó a Óscar a retroceder y ponerse detrás de Octavio.
Antes de que pudiera responder, Octavio tomó la palabra.
—Cristi, sobre lo que pasó esta vez…
Cristina lo interrumpió con calma, la voz tan serena que dolía.
—No quiero verte, ni escuchar tu voz. Terminemos aquí.
El aire en la habitación se congeló. El semblante de Octavio se endureció, como si le hubieran arrojado un balde de hielo.
—Así está bien —dijo la abuela, rompiendo la tensión—. Cuando te den de alta, vente a la casa unos días. Yo misma me encargaré de que te recuperes.
Cristina percibió la intención oculta en las palabras de la anciana. Pensó que pronto sería su aniversario de bodas y, conteniendo la rabia, solo asintió.
La abuela, complacida, se dirigió a Octavio:
—Estos días ni se te ocurra venir a molestar a tu esposa. Mejor ponte a reflexionar, y cuando por fin entiendas lo que hiciste, entonces vienes a buscarla.
Octavio entendía perfectamente que la abuela le estaba dando una oportunidad.
Asintió y, mirando a Cristina, añadió:
—No te preocupes por la cena del cuarto aniversario. Yo me encargo de todo.
Cristina no respondió. Solo desvió la mirada, sin interés alguno.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa