Al atardecer del día siguiente.
Octavio fue en persona a recogerla en su carro.
Al verla con el vestido de gala que él mismo le había comprado, y el anillo de bodas brillando en su mano, Octavio no pudo evitar esbozar una sonrisa satisfecha.
Por más que hubieran discutido, sabía que en los eventos importantes ella siempre le daba su lugar.
—Octavio, mejor dedícate a cuidar a tu esposa y deja de meterte en asuntos que no te corresponden —dijo la abuela con voz firme.
Octavio asintió, sonriendo apenas.
—No se preocupe, abuelita. Cristi es la más sensata, yo me encargo de todo.
Cristina soltó una risa despectiva, pero no dijo nada.
El carro avanzó unos minutos más.
De pronto, el celular de Octavio sonó con su tono personalizado.
Él no usó el manos libres del carro, sino que se orilló y le devolvió la llamada a Marisol.
No se supo qué le dijo Marisol al teléfono, pero cuando colgó, Octavio miró a Cristina con el ceño fruncido.
—Voy a tardar un poco, ¿puedes tomar un taxi e irte antes? Marco ya está en el hotel, él te ayudará a recibir a los invitados.
¿Y todavía se atrevía a decirle eso en la cara?
Cristina bajó del carro y azotó la puerta.
Octavio arrugó la frente, consciente de que ella estaba molesta, pero no le quedaba de otra más que atender el asunto urgente antes de regresar a buscarla.
Aunque era hora pico, Cristina logró conseguir un taxi.
—Al Hotel Puesta de Sol, por favor —indicó ella.
El chofer, con mascarilla puesta, asintió y activó el seguro de puertas con un “clic” seco.
Al principio, Cristina pensó que era algo común y no le dio importancia.
Pero cuando apartó la vista del celular y miró por la ventana, notó que algo iba mal.
El carro iba a toda velocidad por una carretera desierta, rumbo a las afueras de la ciudad.
—¿Quién es usted? ¿A dónde me está llevando? —exigió Cristina, sacando su celular para marcar a emergencias, pero la señal fallaba cada dos segundos.
El chofer ni se inmutó, al contrario, pisó el acelerador.
—¡Deténgase! —gritó Cristina, mientras intentaba abrir la puerta.
El conductor giró el volante bruscamente, haciendo que Cristina cayera sobre el asiento trasero.
Para cuando logró incorporarse, el carro ya se había detenido en seco sobre un terreno lleno de maleza, lejos de cualquier rastro de civilización.
Sin mediar palabra, el chofer la jaló fuera del carro con fuerza y, en un abrir y cerrar de ojos, volvió a subir al volante y arrancó, dejando una nube de polvo tras de sí.
Cristina dudó un segundo, pero asintió.
—S-sí... —respondió con voz débil, temblando como un gatito asustado.
El hombre soltó una carcajada suave al escucharla.
El acompañante, empuñando una vara retráctil y vigilando los arbustos, urgió:
—Señor Jurado, esas bestias pueden regresar en cualquier momento. Es mejor volver al carro.
Sin decir nada más, el hombre se arrodilló, la levantó en brazos y la llevó directamente al vehículo.
El carro arrancó a toda velocidad rumbo a la ciudad.
Cristina bebió medio litro de agua y, poco a poco, logró calmarse.
El chofer la observó por el retrovisor y comentó:
—En este lugar no pasa nadie ni en cincuenta años. Los perros de aquí ya son casi salvajes. Si el señor Jurado no hubiera sospechado, quién sabe qué habría pasado... ¿Quién fue el que te trajo hasta aquí?
El puño de Cristina se cerró con fuerza, volviendo a tensarse.
¿Quién no quería que ella estuviera en la fiesta del cuarto aniversario de bodas esa noche?
En el fondo de sus ojos brilló una chispa helada, llena de resentimiento y determinación.

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