Al girar y encontrarse con la mirada de Óscar, Cristina se detuvo en seco.
—¿Qué pasa, no confías en mí? —preguntó Óscar, con el ceño fruncido.
—¿Acaso no sabes bien qué clase de persona eres? —le soltó Cristina, sin molestarse en mirarlo más.
Cristina lo ignoró y lo rodeó, saliendo del refugio rumbo al centro comercial que estaba a un lado. Su estómago le recordaba que era hora de buscar algo para comer.
Óscar fue tras ella, apurado.
—Sobre lo de que Julieta fingió estar enferma, yo nunca acepté ayudarlas. Solo dije que daría mi opinión con base en el informe del perito —se defendió.
—¿Entonces quieres decir que no hiciste nada mal? —le aventó Cristina, sin detenerse ni mirarlo.
Óscar apretó los dientes, la alcanzó y le sujetó la mano con fuerza.
—Tú sabes de sobra cómo se mueven los Lozano. No tenía opción. Julieta me dio dinero, pero lo doné todo al refugio —dijo con voz tensa.
Cristina se vio obligada a detenerse. Giró el rostro y lo miró con una mezcla de desdén y cansancio.
—¿Solo fue Julieta quien te presionó? ¿Cuánto te pagaron por limpiar el nombre de la otra persona implicada? —le tiró sin rodeos.
Óscar se quedó mudo. La pregunta lo golpeó de lleno.
...
No muy lejos, dentro de un carro estacionado, Marco observaba a su jefe con nerviosismo al ver cómo el semblante de Octavio se endurecía cada vez más.
—Señor Lozano, ¿quiere que vaya a “invitar” a la señora a subir al carro? —preguntó con cautela.
Octavio iba a responderle, pero su celular sonó. Era Sebastían Lozano.
Al contestar, Sebastían le ordenó que revisara la tendencia local en redes.
El primer lugar del trending era una declaración, escrita de puño y letra por la abuela.
Eran solo un par de líneas, pero cada palabra era venenosa. Marisol, la que antes parecía intocable, caía de golpe del pedestal.
[Marisol, cuyo nombre real es Daniela Icaza, tras la boda de su madre con la familia Lozano, fue forzada a tomar el apellido Lozano. Ahora, debido a su conducta inadmisible, a partir de hoy le serán retirados todos los bienes otorgados por la familia Lozano, será expulsada y jamás podrá volver a usar nuestro apellido.]
En otras palabras, no solo le quitaban a Marisol el apellido Lozano, también debía devolver todo lo que la familia le había dado.
Sebastían explotaba de enojo al teléfono.
Octavio colgó, miró la escena a lo lejos —Cristina y Óscar discutiendo— y dijo, sin emoción:
—Vámonos, regresamos a casa.
—Tal vez nunca oíste de la familia Jurado, pero seguro conoces Tecnología Prisma. Aquí en Valenciora, solo están por debajo de la empresa de tu ex. Pero los Jurado son discretos, casi nadie sabe mucho de ellos. El interesado en tus cosas es el presidente de Tecnología Prisma.
—¿Cuándo puedo verlo? —Cristina preguntó, con el ánimo renovado.
—Mañana a las tres de la tarde, en el Café Bella Vista.
Cristina se quedó mirando por la ventana. ¿Sería aquel señor Jurado del que había escuchado rumores?
Antes de que pudiera perderse en sus recuerdos, su celular sonó. Era Octavio. Había dado con su nuevo número.
—¿Así que la señora Lozano me deja plantado y piensa desaparecer? —le soltó Octavio, en un tono imposible de descifrar.
—¿No eras tú el que quería que te buscara solo cuando tuvieras tiempo? Todavía no firmamos el divorcio, así que no pienso huir.
Al otro lado hubo dos segundos de silencio.
—Regresa a casa. Necesitamos hablar.
—Café Descanso, a las cuatro. Ahí nos vemos.
Cristina cortó la llamada antes de que él pudiera responder.
Octavio se dio cuenta: Cristina tenía miedo de verlo en un espacio privado. Pero después de todo lo que había hecho, ¿acaso creía que todo podía resolverse tan fácil?

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