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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 118

Mientras hablaba, Marisol tomó las manos de Octavio con fuerza, y su mirada se volvió intensa, como si pudiera derretir el aire entre ellos.

Cristina no alcanzó a escuchar de qué platicaban, solo alcanzó a ver cómo los dos se miraban fijamente, con una complicidad imposible de ignorar.

Soltó la cortina con brusquedad, pateó el banquito frente al tocador y masculló, —Qué descarada.

El estruendo llamó la atención de Octavio, quien soltó a Marisol de inmediato y su expresión se volvió tan impasible como de costumbre.

—Por lo menos, todavía sirves para algo.

Al menos, pensó, Cristina seguía sintiendo celos por él.

Marisol apretó los labios, conteniendo las ganas de llorar.

—Yo solo quiero ser una herramienta útil para ti, hermano.

A Octavio no le conmovió su tono suplicante; al contrario, su rostro se endureció aún más.

—Si llego a descubrir que usas a Óscar para perjudicarla, no te voy a echar, pero te va a pesar.

El miedo hizo temblar a Marisol. Un sudor helado le recorrió la espalda mientras murmuraba:

—Hermano, en verdad deseo que tú y la cuñada estén bien.

Octavio sacó una toallita húmeda y se limpió las manos, como si el solo contacto con ella fuera insoportable. Su voz salió tan seca como una tarde sin viento.

—Quien te falló no fui yo. Solo respondo por ti por un compromiso, pero si llegas a intentar algo, te va a ir igual que a mis enemigos.

Marisol tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba.

—Entiendo, hermano.

—Mañana sigue provocándola. Quiero que coma y que acepte mis condiciones.

—Sí, yo me encargo —contestó Marisol de inmediato.

Octavio lanzó una mirada rápida a la ventana, asegurándose de que la cortina estuviera bien cerrada, y luego se fue sin mirar atrás.

Marisol apretó los puños con tal fuerza que una uña rota se le clavó en la palma, pero ni así reaccionó ante el dolor.

¿Por qué? ¿Por qué?

Ya lo había visto con sus propios ojos: Cristina y Óscar quitándose la ropa dentro del carro, y aun así Octavio no podía creer que esa mujer le fuera infiel. ¡Seguía defendiéndola!

¡Y apenas llevaban cuatro años de conocerse!

—Si no comes, da igual. Cuando te descompenses por la baja de azúcar, mi hermano mandará llamar al doctor para que te pongan suero. No importa cómo protestes, siempre tendrá una forma de doblegarte.

Afuera, en el pasillo, Marisol perdió todo atisbo de arrogancia cuando vio a Octavio.

Se acercó, se quitó el collar y se lo entregó.

—¿Está bien así, hermano?

Octavio tomó el collar y guardó silencio, sin mirarla.

La habitación quedó en absoluto silencio. Cristina, empapada en sudor, apretó los dientes. Su mirada se volvió tan dura como el acero.

Francisco no aparecía para rescatarla. Entendió que, si alguien iba a salvarla, solo podía ser ella misma.

Sin dudar, se tomó el tazón de avena hasta la última gota.

Al mediodía, Marisol regresó con el almuerzo, usando ropa vieja que Cristina había dejado en la Residencial Bahía Platina. Se sorprendió al ver que Cristina sí había comido el desayuno.

Desconfiada, inspeccionó la habitación, buscando pistas.

—Vaya, por fin te animaste a comer. ¿Por qué no me avisaste? En la mañana mi hermano se enojó porque no cumplí con mi encargo. Me hizo sudar tanto del estrés que tuve que ponerme tu ropa. ¿Lo hiciste a propósito para fastidiarme?

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