El hombre de pronto la atrajo hacia sí con fuerza, señalando a Marisol mientras decía:
—¿Ves? Esa es la diferencia entre amar y no amar. Si me gusta, puede hacer lo que quiera, pero si no me agrada, no significa nada para mí.
—Las mujeres no somos objetos para manipular a tu antojo. Cuando de verdad te importa alguien, lo respetas, dejas que tenga su propio espacio y dignidad. Octavio, el único a quien has querido siempre es a ti mismo.
Cristina intentó apartarse, pero el brazo de Octavio la sujetaba con tal firmeza que no pudo zafarse. En vez de soltarla, él le tomó la nuca.
Obligada a mirar hacia arriba, los dos quedaron tan cerca que sus narices se rozaban.
—Quiero que pagues por lo que hiciste. Puedes huir o esconderte, pero ante la ley sigues siendo mi esposa. Así que ni se te ocurra buscar la protección de otro hombre, porque no me va a temblar la mano para mostrarle al mundo lo que le pasa a la que me traiciona.
Cristina sintió cómo sus uñas se hundían en el brazo de él, con rabia.
—No he hecho nada malo. ¿Por qué tendría que pagar? Deja de intentar controlarme, no tienes derecho a meterte en mi vida, ni en mis amigos ni en mi libertad.
Octavio soltó una sonrisa cargada de malicia y sus ojos destellaron con un brillo helado.
—¿Te gustaría que le mande a tu abuelo las fotos de tú y Ernesto en el cuarto privado de las termas? A ver si así se convence de quién eres en realidad.
Cristina se quedó helada.
Si su abuelo llegaba a ver a Ernesto, seguramente volvería a sospechar que Patricio seguía vivo, y esa esperanza podría resurgir en su corazón.
Pero si Ernesto en verdad no era Patricio, la decepción sería tan profunda que ni las inyecciones de ciento veinte mil pesos lograrían salvarlo.
Octavio se deleitó viendo cómo los hombros de Cristina iban cayendo poco a poco. Su sonrisa creció satisfecha.
—Esta noche cenaremos con los hermanos Jurado. Te quiero bien puesta, ¿entendido?
—¡Eres un desgraciado!
Cristina levantó la mano para abofetearlo, pero Octavio le atrapó la muñeca antes de que pudiera hacerlo.
Mientras tanto, Marisol, completamente ignorada, seguía de rodillas, invisible para todos. Bajó la mirada, ocultando el odio que se le asomaba en los ojos. Esa noche, alguien iba a pagar el precio...
...
Ya caída la noche, la cima del cerro estaba reservada para el evento en las ‘Termas Doradas’.
Desde ese sitio las luces de la ciudad parecían un mar de estrellas.
Octavio le hizo una seña con la barbilla y Cristina, obediente, se acercó a Francisco para servirle.
La escena impactó a Francisco: usar a su propia esposa como si fuera una mesera.
—Señora Lozano, no se moleste —dijo Francisco, quitándole la copa de la mano.
—Yo tampoco la quiero —añadió Ernesto, dándole la espalda, incapaz de soportar lo que veía.
Como nadie aceptó el vino, Cristina se quedó de rodillas junto al borde del jacuzzi, esperando a que Octavio dijera algo.
Pero él, sabiendo lo que hacía, la mantuvo esperando, sin abrir la boca.
Las rodillas de Cristina se lastimaron con el piso, pero no emitió ni un solo quejido.
Ernesto, al borde de perder la paciencia, estuvo por intervenir, pero Cristina le ganó el habla y encaró a Octavio:
—¿Qué más quieres de mí?
Ernesto, que iba a explotar, se quedó congelado ante el valor de Cristina, tragándose toda la rabia que lo consumía. No le quedó más que apretar los puños bajo el agua, conteniendo el impulso de defenderla.

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