Jesús estaba sentado en su oficina, vestido con un traje impecable sin una sola arruga, mirando a los policías con una calma que rozaba la arrogancia.
—Entonces debí confundirme, anoche cené con el señor Lozano, tomé unas copas de más y la verdad, mi cabeza estaba hecha un lío.
Ángela no le creía ni una sola palabra.
—Las cámaras muestran clarito que fuiste tú quien la subió al carro, no vengas a decir que estabas borracho para justificarte. ¡Entrégala de una vez!
Jesús frunció el ceño.
—Tengo la grabación de la cámara del carro. No se ve el interior, pero sí hay audio. ¿Por qué no dejan que la policía escuche y así aclaran todo?
Elián, que había estado observando la expresión de Jesús, sentía que algo no terminaba de cuadrarle, pero prefirió guardar silencio.
Revisaron la grabación. Se escuchaba que, cuando el carro estaba por llegar al Puente Aurora, la voz de Cristina decía que quería bajarse a caminar junto al río. Luego, el sonido de la puerta cerrándose y la voz de Jesús intentando convencerla de que se quedara.
—Así que —Jesús sonrió—, la señorita Pérez bajó por voluntad propia. ¿Queda claro que no tengo nada que ver?
El policía meditó unos segundos antes de hablar.
—Si hay más novedades, le pedimos que colabore.
Parecía que todo había terminado, pero Elián preguntó:
—¿Entonces anoche, señor Anaya, bebió y por eso no recuerda bien el lugar donde se separó de Cristina?
La mirada de Jesús se volvió filosa, casi cortante.
—La familia Montoya siempre se mete donde no la llaman, ¿verdad?
Elián sonrió con indiferencia.
—Denunciar a alguien por manejar borracho es lo que haría cualquier ciudadano responsable.
...
Ángela estaba tan furiosa que parecía que iba a sangrar de tanto morderse los labios.
—¡Estoy segura que Cristi sigue con él! Nos está mintiendo.
Elián mantenía la calma.
—Si lo descubren manejando bajo los efectos del alcohol, lo suspenden. Hay que seguirlo de cerca, tarde o temprano va a mostrar dónde la tiene escondida.
—¿Y si Cristi no puede esperar? ¿Y si ese tipo es un enfermo y le hace algo...?
Ángela no pudo seguir la frase, el miedo la paralizaba.
Elián se quedó callado, evaluando la situación. Al final, decidió que era mejor poner al tanto a Octavio.
Marcó su número.
—¿Bueno...?
Quien contestó no era Octavio, sino Marisol.
Elián se sorprendió. Octavio nunca soltaba el celular, a menos que...
—¿Por qué contestas tú?
—Mi hermano tomó el teléfono equivocado. ¿Doctor Montoya, le puedo dejar algún recado?
—¿Por qué tanto tiempo?
—Es su última oportunidad. Si falla, tendrás que buscar otro donante, el número treinta y ocho. Hay que asegurarse de que salga bien.
Su voz resultaba tan indiferente como si hablara del café de la mañana.
Jesús hizo un gesto despectivo con la mano, indicándole que se fuera.
—Ten cuidado al salir, puede que haya gente vigilando.
Luego se acercó a Cristina, se agachó a su lado y la obligó a levantar la cabeza sujetándola del cabello.
Los ojos de Cristina estaban perdidos, la saliva mezclada con sangre le escurría por la comisura de los labios y la piel tenía un tono apagado, casi gris.
Jesús negó con la cabeza, fingiendo ternura.
—Me parte el alma verte así. Si cooperas conmigo y llamas a tus amigos para decir que estás de viaje por dos semanas, te trataré con más suavidad. ¿Qué te parece?
Cristina le escupió un coágulo de sangre.
—Jamás voy a cumplir ninguno de tus caprichos, prefiero que me mates aquí mismo.
El dolor de las descargas la tenía al borde del colapso, pero cada vez que estaba por desmayarse, la inyectaban con algo que la obligaba a mantenerse despierta.
Cada cuatro horas, la tortura se repetía, llevándola al límite, hasta el punto de que deseaba morir.
Jesús soltó una carcajada despectiva.
—El señor Lozano ya no te quiere. No tiene caso hacerte la fuerte. Si cooperas, cuando acabe con lo que necesito, quizá te deje vivir. Quién sabe, con esa cara bonita, tal vez te deje quedarte aquí.

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