Octavio no se contuvo y le soltó un puñetazo en el estómago a Jesús. El dolor fue tan fuerte que su cara se deformó en un gesto de sufrimiento.
Mientras se limpiaba las manos, Octavio se puso de pie. A su lado, la doctora temblaba de miedo.
Con una media sonrisa helada, los ojos de Octavio destilaban amenaza.
—¿Quieres morir?
La mujer negó con la cabeza tan rápido como pudo.
—Tienes dos opciones: o le haces la operación para que no pueda tener hijos, o te corto ambas manos.
A la doctora se le escapó un grito ahogado, el miedo la hizo retroceder.
Jesús, ya desesperado, comenzó a gritar.
—¡Octavio! ¿Crees que por ser el más rico de Valenciora puedes hacer lo que quieras? ¡La familia Anaya puede arruinarte con solo mover un dedo! ¿Vas a tirar tu imperio empresarial por una mujer? ¡No seas idiota!
Pero Octavio ni siquiera volteó a verlo, como si sus palabras fueran puro aire.
Mirando alrededor, la rabia le quemaba por dentro. El sótano era lúgubre, apestaba a encierro y crueldad. Imaginó a Cristina sufriendo ahí, más de un día sin ayuda, sometida a torturas que nadie merece. El dolor de no haberla protegido le lastimaba hasta los huesos.
—No tengo tiempo para tus dudas —le soltó a la doctora.
Ella, temblando, apretó los dientes y asintió.
—¡Lo haré!
En menos de una hora, sobre la misma cama donde Cristina había sido torturada con descargas eléctricas, Jesús fue sometido a la operación que le cambiaría la vida para siempre.
...
—Señor Lozano, ¿ya puedo irme? —suplicó la doctora, empapada en sangre, la voz quebrada por el terror.
Octavio ni siquiera quiso mirarla.
—Marco, llévala a Puerto Horizonte.
Los ojos de la doctora se abrieron de par en par. Todo el mundo sabía que ese era el mercado negro de órganos, un lugar del que nadie regresaba.
—¡Pero usted me prometió que si hacía la operación, me dejaría vivir!
Octavio sonrió con una mueca oscura.
—No voy a matarte yo. Si sobrevives allá, eso ya no es mi problema.
La doctora quedó muda, atrapada en el horror y el desamparo.
Cristina, esforzándose por mantenerse fuerte, murmuró:
—No quiero saber nada de ellos. Que se queden con toda su basura.
Ángela bufó, señalando a Julieta con el dedo.
—Si son tan buenas para robar habitaciones, que vayan a robar ataúdes al cementerio. Tú y tu hija deberían reencarnarse como jabón, a ver si en la próxima vida pueden ser limpias.
A Julieta le subió tanto la presión que casi vuelve a sangrarle la nariz.
Cuando Octavio llegó al hospital, la entrada de la sala de cuidados intensivos ya estaba tranquila. Nadie le dijo que Cristina había sido trasladada a otro hospital, ni siquiera Elián.
Entró a la habitación, que estaba vacía y silenciosa. Se acercó a la cama, tomó la mano pálida que sobresalía de las sábanas y murmuró con voz baja:
—Cristi...
La mujer que yacía ahí, conectada al oxígeno, giró la cabeza y apenas alcanzó a susurrar:
—Hermano...
Octavio, como si lo hubiera picado una descarga, soltó su mano de inmediato, furioso.
—¡¿Por qué eres tú?!

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