El corazón de Cristina sintió un tirón tan fuerte como si le hubieran abierto una herida; la herida sangraba gota a gota, implacable.
Sebastián no desaprovechó la oportunidad de presumir frente a su madre, queriendo ensalzar la imagen de su esposa.
—Todo fue gracias a que Julie conoce a la esposa del gerente del banco, solo así pudimos descubrir tu verdadera cara. Si no, la familia Lozano habría caído en tu trampa sin darse cuenta.
Los ojos de Cristina se oscurecieron apenas un instante. Alzó la mano, sin perder la compostura.
—¿Qué transferencia? Déjame ver esa supuesta prueba.
El mayordomo, siguiendo la señal de la abuela, le entregó los papeles que sostenía.
Julieta se cruzó de brazos y le soltó una advertencia:
—No intentes nada raro. Aunque rompas esa hoja, puedo hacer que el banco imprima otra copia.
Cristina enfocó su atención en el documento, sellado con el timbre fresco del banco.
La transferencia era real, no había duda. Pero Cristina no recordaba cuándo había abierto una cuenta a su nombre con ese número de tarjeta.
—El número está mal —apuntó Cristina, señalando la hoja.
—¡Eso es imposible! —saltó Julieta, acercándose de golpe.
En ese instante, Cristina se abalanzó, le agarró el cabello y, con la otra mano, tomó el cuchillo de fruta de la mesa, presionándolo contra el cuello de Julieta.
Nadie pudo esconder el asombro. Incluso la abuela se levantó, sobresaltada.
—¿Vas a armar un escándalo? —gritó Sebastián, furioso.
Cristina lo miró de reojo, sus ojos emanaban una frialdad cortante.
—¿De verdad creen que voy a dejar que me hundan solo porque me agarraron desprevenida?
—Sueñen. Si alguien se acerca, no me va a temblar la mano —advirtió, apretando el cuchillo contra la piel de Julieta.
—¡Amor, ayúdame! —lloriqueó Julieta, la voz le temblaba de miedo.
Sebastián intentó ordenar a los guardaespaldas que intervinieran, pero la abuela lo detuvo con una mirada entrecerrada.
—¿Vas a poner en riesgo la vida de tu esposa? —le cuestionó la abuela, firme.
El hijo se quedó paralizado, sin saber qué hacer.
El cuchillo trazó una línea roja en el cuello de Julieta. Ella chilló, el dolor la hizo temblar.
—Ya sé que no eres tú —le aseguró a Cristina—. Suéltala.
Cristina lo miró desconfiada, sin bajar el cuchillo.
Octavio apretó la mandíbula y le indicó a Marco que entregara unos nuevos documentos a la abuela.
Sebastián, creyendo que Octavio defendía a Cristina, explotó:
—Octavio, anoche, apenas bajando del avión, te advertí: no te dejes engañar por una mujer. Por más que te guste, no puedes permitir que destruya la reputación de la familia Lozano. ¡Las pruebas del banco son irrefutables!
Pero Octavio lo interrumpió, con un tono helado:
—La transferencia es real, y la cuenta sí está a su nombre. Pero el trámite de la tarjeta fue manipulado.
Sebastián se quedó pasmado.
—¿De qué hablas?
Octavio lo miró con una dureza que helaba la sangre.
—Esa tarjeta se abrió de forma ilegal. Ni la solicitud ni la firma corresponden a Cristina. Para tenderle una trampa a mi esposa, alguien le pagó a la esposa del gerente del banco con diez lingotes de oro. El trato se hizo en el salón de belleza que está a nombre de Julieta. Aunque no hay cámaras, la esposa del gerente ya le contó todo a su marido. Y él, ahora, está en riesgo de perder su empleo. Por eso, está tratando de arreglar el desastre.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa