Sebastián entró al comedor, echando un vistazo a su alrededor antes de avanzar con paso seguro.
Al ver a Cristina, dejó escapar una risa desdeñosa.
—¿No que muy decidida a divorciarte? Y mírate ahora, volviste solo para meter a tu suegra a la cárcel y de paso te metiste a la cama de mi hijo. Cristina, de veras que quieres quedar bien ante todos y, al mismo tiempo, sacar ventaja donde se pueda.
Cristina ni siquiera alcanzó a replicar cuando Octavio, con voz tranquila, le habló:
—Mejor vete.
No había que adivinar los motivos de Sebastián para aparecer de la nada.
Cristina justo acababa de terminar de comer. Tomó su bolso y se dirigió a la salida, pero la molestia la hizo regresar tras dar apenas unos pasos. Se plantó frente a Sebastián y lo miró de arriba abajo.
—¿Y ahora resulta que el talento de los hombres Lozano es fingir ser todo un ejemplo delante de los demás, pero a escondidas andan de fiesta en fiesta? Dígame, señor Lozano, ¿hoy viene a ver a su hijo para ponerse de acuerdo y enmarcar la palabra “desvergüenza” y colgarla en la plaza del pueblo, para que todos los descendientes Lozano la admiren?
El coraje hizo que el rostro de Sebastián palideciera.
—Octavio, ¿ya viste cómo te habla esta mujer…?
Cristina resopló, dándose media vuelta antes de salir del comedor.
Octavio, con su tono habitual, replicó:
—Si viene a hablar de Julieta… Yo estuve ahí anoche. Si hubiera querido intervenir, nadie se la habría llevado.
El mensaje era claro y Sebastián lo entendió.
—¿En serio piensas pelearte conmigo por una mujer? —espetó Sebastián, frustrado.
Octavio arqueó una ceja:
—¿No es usted quien ha provocado esta distancia entre nosotros?
—¿Qué… de qué hablas?
Octavio ni se inmutó.
—¿De verdad cree que Julieta sería capaz de llevarse a alguien a un sitio como Oasis de Noche por sí sola? ¿O acaso no fue usted quien le pidió a alguien que le enseñara esas mañas?
Sin pensarlo, Sebastián soltó:
—¡Jamás le pediría a Adrián que le enseñara algo así!
Los labios de Octavio se apretaron. Sus ojos, afilados como navajas, se clavaron en Sebastián.
El padre, acorralado, perdió todo rastro de seguridad.
La vendedora, al borde del pánico, insistió:
—Pero este centro comercial pertenece al Grupo Alfa. Si disgustamos a la gente de los Lozano, podríamos perder la tienda…
Cristina, con toda la calma del mundo, se recargó en la silla y empezó a tamborilear los dedos sobre el apoyabrazos.
El gerente, un poco apenado, se acercó para explicarle:
—Señorita Pérez, hay una clienta que quisiera usar este probador… ¿sería posible…?
Cristina lo interrumpió con una sonrisa que no alcanzaba los ojos:
—Si es la “mujer del señor Lozano”, también me muero de ganas de conocerla. Que pase.
El gerente dudó un par de segundos, pero terminó accediendo.
Marisol jamás imaginó que se toparía con Cristina justo ahí. Cuando entró, se quedó paralizada.
Cristina mantenía una sonrisa leve en los labios, pero en su mirada había una dureza helada.
—Qué refinada, señorita Silva. Mientras tu madre sigue encerrada, tú aquí, muy tranquila, escogiendo vestidos para la próxima fiesta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa