Marisol de inmediato adoptó una actitud sumisa y agachó un poco la cabeza frente a Cristina.
—Cuñada, fue mi hermano quien insistió en que viniera a escoger ropa nueva porque dice que toda mi ropa ya está vieja. Tú sabes cómo es, antes, cuando vivía en Aalborg, solo usaba lo último de temporada.
Cristina captó el tono presumido de Marisol, pero mantuvo la compostura, respondiendo con tranquilidad:
—¿Y ya escogiste algunos modelos? A ver, muéstrame, quiero ver si me sorprenden.
—¡Por supuesto!
Con total ligereza, Marisol se acercó y sacó la tableta que traía en la mano para mostrársela.
—No es gran cosa, apenas unos tres o cinco millones en ropa. ¿O acaso mi hermano se va a quejar porque le ayudo a ahorrar?
Apenas terminó de hablar, Cristina de pronto la sujetó del cuello de la camisa y, con un tirón, la hizo caer de rodillas.
Marisol, completamente desprevenida, terminó en el suelo. La tableta salió volando y cayó a varios metros de distancia.
—Cuñada… —balbuceó con voz temblorosa.
El gerente le hizo una seña a su equipo; todos entendieron y nadie intervino.
Cristina se inclinó apenas, acercándose lo suficiente para susurrarle al oído:
—¿Todavía te interesa la pieza que representa tu madre en este juego?
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Marisol, dejándola helada.
—No entiendo de qué me hablas, cuñada.
Cristina apretó aún más el puño que sostenía la camisa de Marisol.
—No tienes que fingir conmigo. Ya sé que haces lo que sea con tal de casarte con Octavio. No voy a delatarte, es más, hasta podría ayudarte. Al fin y al cabo, los patanes y las trepadoras merecen quedarse juntos.
Dicho esto, la empujó con fuerza, dejándola tirada en el suelo.
El pecho de Marisol subía y bajaba con violencia, pero no se atrevió a perder los papeles ni a mostrar el enojo que tenía acumulado.
Cristina se incorporó y, alzando la voz para que todos escucharan, dijo:
—A mí no me interesa el título de señora Lozano. Si alguien lo quiere, que se lo quede. Pero si eres incapaz de ganarte el corazón de un hombre y crees que puedes usarme de trampolín, que sepas que el destino de tu madre será el mismo que el tuyo.
Sin mirar atrás, Cristina salió del probador.
El gerente y las vendedoras se miraron entre sí, sorprendidas.
Así que la que entró presumiendo era la amante…
Por suerte, ninguna se metió con la esposa legítima.
—Solo piensa que trato de seducir a su esposo, y me hace la vida imposible cada vez que puede. La señora mayor lo ha notado y, como justo Berta se jubiló, me mandaron a Bahía Platina. Fue allí donde me di cuenta de que estaba embarazada. Señora, ¿usted no le va a contar esto al señor Lozano, verdad?
Si Octavio se enteraba, Sebastían lo sabría inmediatamente.
Antes, Cristina jamás habría dudado en consultarlo todo con Octavio.
Pero en este último mes, había podido ver el verdadero rostro de la familia Lozano.
Después de darlo todo por ellos, se dio cuenta de que nunca la habían considerado parte de la familia. ¿Por qué tendría que seguir preocupándose por ellos?
—Valeria, el hecho de que hayas aceptado hacerte el examen de ADN ya es suficiente para que te lo agradezca. No te preocupes, esto no llegará a oídos de Octavio. Lo que pase entre tú y Sebastían no es asunto mío, y tampoco me corresponde decidir qué harás con el bebé. Ahora lo más importante es tu salud, pero te sugiero que busques otro hospital.
Valeria comprendió al instante: en el Hospital General del Norte no había secretos.
Cuando Cristina salió del hospital, ya casi era medianoche.
La sombra de la visita de Sebastían a Bahía Platina seguía dándole vueltas en la cabeza.
No podía dejar que Julieta se saliera con la suya.
Repasó en su mente todas las conexiones que podía usar, hasta que tomó su celular y marcó un número.
Ernesto estaba a punto de quedarse dormido, pero al ver el nombre de Cristina en la pantalla, se incorporó de inmediato.

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