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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 208

Sebastián ya tenía bronca acumulada contra Cristina desde hacía tiempo, y en ese momento terminó por perder la paciencia.

—Si no entregas a la persona, entonces te voy a llevar a un lugar donde sí vas a soltar la verdad.

Apenas terminó de hablar, le apretó el cuello a Cristina, con la intención de lanzarla hacia sus hombres para que la atraparan.

El corazón de Cristina se fue al piso.

Nunca había experimentado directamente lo que Sebastián era capaz de hacer, pero estaba segura de que, si caía en sus manos, nada bueno le esperaba.

¡De ninguna manera podía dejar que la arrastrara con él!

Justo en el instante en que la arrojaban, Cristina reaccionó de golpe: metió sus dedos entre el cabello de Sebastián, los hundió hasta la raíz y tiró con todas sus fuerzas.

—¡Aaah!—

Sebastián, tomado por sorpresa, se encorvó de dolor.

Cristina mantenía los dientes apretados, negándose a soltarlo, como si quisiera arrancarle el cuero cabelludo.

Los hombres de Sebastián se alborotaron, tratando de separarlos a las carreras, pero Cristina no aflojaba en absoluto.

En ese momento, Saúl apareció en la entrada del callejón y, para llamar la atención, aclaró la garganta con fuerza. Nadie le hizo caso, todos seguían enredados intentando salvar la cabellera de su jefe.

Saúl chasqueó la lengua, se quitó el saco impecable y se lanzó al rescate.

Con dos movimientos, agarró a los guardaespaldas y los lanzó lejos como si fueran costales viejos. Solo así logró calmar el desorden.

—Señorita Pérez —dijo Saúl, enderezando la espalda y señalando hacia la salida del callejón con la barbilla—, mi jefe lleva rato esperándola. ¿No va a subir al carro?

Cristina entendió la indirecta y, soltando el mechón de cabello negro que aún tenía entre los dedos —y que venía con raíz y todo—, se dirigió directo al Ferrari 488 GTB estacionado a unos metros.

—¡Deténganla! —gritó Sebastián, cubriéndose la cabeza sangrante—. Si hoy la dejan escapar, ¡todos se pueden ir olvidando del trabajo!

Pero Saúl se interpuso entre ellos y Cristina, y los matones no se atrevieron a avanzar.

Cristina dio dos pasos, luego se detuvo y, mirando a Sebastián, soltó:

—Tú tienes cabeza para pensar, ¿no? Es sabido que Valeria y yo somos cercanas. Si ella viniera conmigo cargando un secreto tan grande, ¿no sería como entregarse en bandeja? Mejor deja de perder el tiempo aquí y ve a comerte unos cuantos kilos de nueces, a ver si así se te ocurre algo mejor y encuentras a Valeria antes que los demás.

Sin esperar respuesta, ignoró los gestos de furia de Sebastián y siguió su camino.

Sebastián solo pudo mirar, impotente, cómo Cristina se subía al asiento trasero del carro. Se dirigió a Saúl, sin resignarse:

Al recordar el día en que Tobías la había tratado igual que los que la aislaban, sintió una punzada de enojo en el pecho.

—Tampoco me molestaría.

Tobías alzó apenas una ceja. Se notaba que esa mujer tenía muchas quejas contra él.

En ese momento, Saúl volvió a subirse al carro. No notó el ambiente tenso, y hasta se animó a bromear:

—Señorita Pérez, ese jalón de cabello estuvo fenomenal. ¿A poco tomó clases de eso?

Cristina, abrazando su bolsita de plantas medicinales, le soltó con sarcasmo:

—No, fue pura improvisación. No como otros, que se especializan en ladrar y apuñalar por la espalda.

Saúl, al fin dándose cuenta de la atmósfera cargada dentro del carro, se frotó la nariz, se puso el cinturón y ya no dijo nada más.

La mirada de Tobías se posó brevemente sobre la bolsa que Cristina tenía en brazos. Al ver la etiqueta que decía “diez semanas de embarazo”, algo dentro de él se movió.

Con voz tranquila, preguntó:

—¿Estás embarazada?

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