En el patio.
Apenas vio a Octavio salir, Saúl abrió la puerta del carro.
Tobías, impecable como siempre con su traje, cargaba una presencia discreta pero imposible de ignorar; nadie podía negar la autoridad que despedía.
Su mirada se posó dos segundos sobre Cristina, antes de apartarla con indiferencia para enfocarse en Octavio.
—Encontrar al señor Lozano es todo un reto —soltó Tobías, con una media sonrisa sarcástica—. Eres como un topo, tienes tantos escondites que uno ni sabe por dónde buscarte.
Cristina apretó los labios, luchando por no dejar escapar una sonrisa.
Octavio, con la mano que no estaba vendada, se sacudió un poco de polvo invisible de la camisa.
—Señor Jurado, si quería verme, con una llamada bastaba. ¿Para qué meterse en tantos líos?
Tobías esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Cuando uno viene en nombre de alguien, hay que hacerlo en persona. Son cosas que no se delegan.
Luego su mirada se volvió filosa, ahora dirigida hacia Cristina.
—¿Te vienes conmigo ahora? No me gusta forzar a nadie, aquí nadie obliga a nadie.
El brillo en los ojos de Cristina se apagó en el instante en que Octavio la sujetó de la cintura.
—Señor Jurado, parece que entendió todo al revés —dijo Octavio, acariciando la cintura de Cristina con los dedos—. Mi esposa no ve la hora de quedarse a cuidarme mientras me recupero. ¿Dónde ve usted alguna clase de presión?
Tobías soltó una risa seca.
—Vaya, el señor Lozano ahora es su propio vocero. Qué profesionalismo.
Octavio se volvió hacia Cristina, con un tono de fingida ternura.
—Cristi, cuéntale tú. Nuestra relación no es asunto de nadie más. Anda, dile, que acabando esto, Valeria nos va a preparar algo rico para cenar.
La mano de Cristina tembló, sus uñas se clavaron en la palma, dejando una marca en forma de luna creciente.
—Señor Jurado —dijo, esforzándose por sonar estable—. Me quedaré hasta resolver unos asuntos. Después podré irme.
Tobías la miraba de frente, sin dejar traslucir emoción alguna.
Cristina bajó la mirada, incapaz de sostener esa presión.
Octavio la atrajo más cerca y levantó la barbilla con aire desafiante.
—Eso jamás podría pasar —replicó Octavio, sin dudar.
Cristina retrocedió un par de pasos. Levantó la camisa y bajó un poco el pantalón.
Señaló una a una las cicatrices en su cintura y abdomen.
—Aquí —dijo, con la voz quebrada—, me marcaste cuando me dejaste en manos de ese enfermo. Aquí —señaló otra herida—, fue por cubrirle la espalda a tu hermana, pasé cinco días en terapia intensiva. Y aquí —tocó la última—, fue cuando terminé en el mar...
Los ojos de Octavio se dilataron, la garganta se le cerró, pero no pudo pronunciar ni una palabra.
—Para ti, si no lo ves, es como si no existiera. Prefieres vivir engañándote, creyendo que siempre fuiste mi salvador. Pero la verdad es que cada vez tuve que salvarme sola, apostando mi vida.
Cristina, al borde del colapso, lo señaló con el dedo.
—¿Cuántas mujeres más vas a usar como sacrificio para tus batallas?
Octavio abrió la boca, pero sentía como si tuviera una piedra enorme atorada en la garganta. Cualquier defensa se desmoronaba antes de salir.
Cristina dejó escapar una sonrisa rota, su odio le temblaba en la voz.
—Hasta agradezco que no dejaras que naciera nuestro hijo. Un padre como tú solo le traería desgracias.

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