Cristina colgó el teléfono sin dudar y, de paso, bloqueó su número.
A Ernesto se le formó un nudo en la garganta, tan pesado que le costaba hasta respirar.
...
Cuando el cielo comenzaba a oscurecer, la imponente reja de hierro forjado de la familia Jurado se abrió de forma lenta y solemne.
Un Ferrari 488 GTB se deslizó silencioso hasta el estacionamiento.
Pasó frente a Ernesto sin detenerse.
Desesperado, Ernesto corrió y se plantó justo delante del carro.
El conductor frenó de golpe, asustándose bastante.
Saúl bajó la ventanilla del copiloto y asomó la cabeza.
—Ernesto, hacer esto es muy peligroso.
Ernesto se acercó a la ventana, lanzando una mirada a la persona sentada en el asiento trasero, que permanecía en absoluto silencio.
—En la balacera de la tarde en la caseta estuvo una amiga mía... Creo que le pasó algo. ¿Podría pedirle a mi tío que me ayude a averiguar dónde está?
Saúl arqueó las cejas, y volteó hacia el asiento trasero...
...
Cristina pasó horas esperando. Ya era de noche cuando la tranquilidad se rompió por el bullicio que venía de la casa trasera.
Supuso que Octavio había regresado.
No tardó mucho en confirmarlo: Marco fue a buscarla.
En el despacho, Octavio estaba sentado, con el brazo vendado, tomando sus medicinas.
Cristina se acercó, clavando la mirada dos segundos en su brazo herido.
—¿Cuándo podré llevarme a Valeria?
El movimiento de Octavio al beber agua se detuvo. Dejó el vaso sobre la mesa, despacio.
—¿Ni siquiera quieres saber qué tan grave fue lo mío?
Cristina apartó la mirada.
—Al fin y al cabo, sigues vivo.
Octavio soltó una carcajada entre incrédula y dolida.
—Cristi... —Octavio bajó la cabeza, observando la venda que ya se manchaba de sangre—. Si no te tuviera cariño, ¿crees que te dejaría retarme una y otra vez? Hoy, en la caseta, pude haberme llevado a Valeria y dejarte a tu suerte...
Cristina lo interrumpió con sarcasmo:
—¿Entonces quieres que me arrodille para agradecer tu compasión, señor Lozano?
El silencio se extendió entre ellos, pesado como pólvora en el aire.
De pronto, Marco tocó la puerta con urgencia.
—Señor Lozano, vinieron de la familia Jurado.
Octavio y Cristina fruncieron el ceño al mismo tiempo.
En voz baja, Marco añadió:
—Es el que siempre está en Clarosol. No me atreví a detenerlo afuera, así que lo pasé al patio.
Los ojos de Cristina se abrieron de golpe: ¡Tobías también había llegado!
—Valeria ya no está aquí.
Octavio, notando lo que pensaba Cristina, soltó esas palabras y salió de la habitación, dejando tras de sí una ráfaga de tensión.

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