—Esta botella es de sabor frutal, va perfecto para las damas.
El gerente hablaba mientras se acercaba a Cristina.
—Señora Lozano, recíbala con gusto.
Apenas terminó de hablar, el salón se llenó de murmullos y miradas sorprendidas.
Una mujer con vestido colorido no podía creerlo.
—Debes estar equivocado, ¿no? ¿No es ella la señora Lozano? —señaló directamente a Jimena.
El gerente puso la botella de vino en manos de Cristina y la miró con desdén.
—¿Y tú de dónde saliste, perdida? Yo trato con gente importante todos los días, ¿tú crees que me voy a confundir?
—La señora Lozano es ella —dijo señalando a Cristina—. Entonces, ¿Jimena es…? —El amigo de Gabriel no lograba entender nada.
Cristina dibujó una sonrisa ligera, esa que cortaba más que cualquier palabra.
—La amante, ¿queda claro? Si no te queda el término, seguro “la otra” te suena, ¿no?
El ambiente se congeló. Todos, salvo el par de “amigos” de Jimena, la miraban con otros ojos.
El tipo que había querido defender a Jimena no se rendía.
—¿Y tú con qué pruebas dices que eres la señora Lozano?
Cristina lo fulminó con la mirada y luego se dirigió a Octavio.
—A ver, ¿por qué no les dices tú quién soy?
El rostro de Octavio estaba tan tenso que cualquiera pensaría que iba a explotar.
—Ya basta, este circo se terminó —soltó, con la voz dura.
Estaba a punto de darse la vuelta para irse cuando Cristina, sin pensarlo, arrojó la caja de medicinas a sus pies con un estruendo.
—Bien fácil para ti andar de fiesta por todos lados, ¿y quieres terminarlo cuando te da la gana?
Todos en el lugar se sobresaltaron.
No había duda. Solo una persona se atrevía a hacerle eso a Octavio: la verdadera señora Lozano.
Octavio la miró como si quisiera lanzar fuego por los ojos, advirtiéndole con la mirada.
Pero Cristina no se quedó callada.
—Octavio, ni a ti ni a este matrimonio podrido los quiero ya. Apúrate y ve a tramitar el divorcio, deja de hacerte el digno y no sigas postergándolo.
Después, se giró hacia el grupo de aduladores que Jimena había traído.
—Años atrás, se creían los reyes del comedor cuando molestaban a los estudiantes humildes. Ahora nomás porque traen el uniforme de una empresa de tecnología ya se sienten la crema y nata. ¿Y el champán que su jefe usa para lavarse los pies, ya lo probaron?
A los aludidos parecía que les habían echado cemento en la boca; ni siquiera pudieron abrirla.
Mientras tanto, Gabriel y su hija se sentían como si los hubieran tirado del cielo al puro lodo. Atónitos, sin saber qué hacer.
Pero Jimena no la dejó terminar y le soltó una cachetada.
—¿No que conocías todos los secretos de tu hermano? ¿No que gracias a ti yo lo iba a conseguir? Por tu culpa quedé en ridículo. Si no haces algo que me convenza, voy y le cuento a tu hermano todo lo que hiciste cuando estudiabas fuera.
Marisol, sorprendida, intentó defenderse.
—Jimena, yo sí quiero que seas mi cuñada, te lo juro...
Sin dejarla terminar, Jimena la sujetó del cuello con una mirada llena de amenaza.
—Marisol, si tuviste el valor de buscarme, ahora tienes que ayudarme. Tienes tres días para lograr que tu hermano quede viudo. Si no, atente a las consecuencias.
Marisol se quedó helada, sin poder moverse.
Jamás pensó que, al invitar a una loba, terminaría siendo su primera víctima en lugar de Cristina.
...
Cristina no solo había decidido no ir a cambiarle las vendas a Octavio ese día, sino que tampoco pensaba hacerlo mañana ni pasado.
Estaba muy ocupada.
Héctor Gutiérrez quería ir a la tumba de Patricio y quedarse un par de días en el pueblo, pero como la casa familiar ya la habían derrumbado, Cristina rentó una casita cerca del cementerio y se encargó personalmente de que la limpiaran de arriba abajo.
Cuando por fin regresó a Residencial El Paraíso, ya era muy tarde.
Ivana no podía dormir. Con el tobillo torcido, no le fue posible acompañarla, así que se quedó doblando la ropa del abuelo.

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