Al ver que Cristina entró, Ivana detuvo por un instante lo que estaba haciendo.
—Estos días vas a ir al pueblo a acompañar a tu abuelo, ¿verdad? Mantente atenta a cómo anda de ánimo.
Cristina se sentó frente a ella.
—¿Le pasó algo a mi abuelo?
Ivana suspiró.
—Desde hace días anda con la cabeza en otro lado, pero cuando le pregunto, no suelta nada. Hoy, mientras tomaba el sol en la plaza, se le acercó una mujer y platicó un momento con él. Desde entonces, está más apagado todavía.
—¿Sabes quién era? —insistió Cristina.
Ivana bajó la mirada hacia sus pies.
—Intenté alcanzarla para ver quién era, pero ni la vi bien y encima acabé torciéndome el pie.
Cristina arrugó la frente, inquieta.
...
Al amanecer, Cristina regresó cargando una bolsa de frutas. Su abuelo ya estaba despierto, sentado en la mesa, tomando café con pan dulce.
—Abuelo, ¿quieres que compre velas y flores para llevar al cementerio?
El anciano agitó la mano, restándole importancia.
—Déjalo así... Quizá ni siquiera le lleguen.
Cristina se quedó callada, sorprendida. Al ver la mirada serena de su abuelo, prefirió no insistir.
Poco después, salieron juntos rumbo al panteón familiar Gutiérrez.
El abuelo se detuvo frente a la tumba de Patricio. Sus manos, delgadas y ajadas, acariciaron una y otra vez la foto de Patricio en la lápida. De repente, murmuró a Cristina que un mausoleo no sirve para llamar el alma de quien se ha ido, que mejor lo quitaran. Pero al poco rato se desdijo, diciendo que ya no sabía ni lo que hacía, que estaba perdiendo la cabeza. Esa confusión empezó a preocuparle a Cristina, que veía en su abuelo una sombra que antes no estaba.
Al mediodía, el abuelo cocinó con sus propias manos arroz con camote y asó una bandeja de chiles.
En ese instante, Cristina volvió con la memoria a los días en que recién había llegado con los Gutiérrez.
Cuando la familia la adoptó, las cosas no iban bien en la casa. Tan mal estaban, que hasta el arroz se racionaba cada día.
Después de que Cristina llegó, el abuelo salía a recoger camotes y papas que quedaban en los campos, después de la cosecha. Los mezclaba con el arroz para que todos pudieran llenarse el estómago.
Cristina no sabía si antes de los trece años tuvo algo parecido a un hogar feliz, pero sí recordaba los seis meses deambulando por las calles, durmiendo junto a los basureros, corriendo a esconderse cuando llovía o tronaba.
Bajo los techos de las tiendas siempre había alguien que la corría, como si fuera un perro callejero. Así que, temblando de frío, seguía caminando bajo la lluvia hasta que escampaba o hasta encontrar algún rincón donde pudiera refugiarse.
Por la tarde, el abuelo le explicó cómo llegar al estanque de Mauricio. Se quedó sentado en las escaleras de la casa, viéndola alejarse.
No había pasado mucho cuando llegaron varios sujetos.
Uno de ellos, con tres cicatrices en el dorso de la mano, se acercó al abuelo, poniéndole la mano sobre el hombro y mirándolo fijo.
—Señor, ¿dónde está Cristina?
El anciano, con la mirada nublada, tardó unos segundos en reaccionar. Luego señaló hacia la entrada del pueblo.
—Acaba de salir, fue a la casa por mi medicina.
—Hermano, —se quejó uno de los hombres tatuados—, esa mujer que nos pasa el dato nunca avisa a tiempo. Te dije que no podíamos confiar en ella, y tú encima le ocultas todo a Adrián...
—Cierra la boca y síguela de una vez.
El hombre apretó con fuerza el hombro del abuelo y, junto con los demás, salió corriendo.
Pero tras unos pasos, se detuvo. Se giró despacio, clavando la mirada en la espalda encorvada del anciano.
En un segundo, volvió sobre sus pasos y, sin avisar, le soltó una patada al abuelo...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa