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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 231

Cristina se puso tensa de repente, sin saber por dónde empezar.

—Papá, ¿qué estás diciendo? No vas a bajar, seguro que no te vas a encontrar con Pato —dijo Ivana.

El anciano la ignoró y continuó:

—¿Crees que este viejo no revisa las noticias? Hace unos días vi una nota en tendencia, apenas vi la foto y en cuanto volví a buscarla ya había desaparecido.

Cristina no salía de su asombro.

El anciano siguió:

—No entiendo por qué me lo ocultaste. Hasta ayer que una mujer vino con una foto y me preguntó si reconocía a la persona… Le dije que no, pero la vi clarito, ese es mi Pato, ¿verdad?

Las lágrimas le corrían por las mejillas al anciano.

Cristina se apresuró a decir:

—Abuelo, él… ahora mismo le digo que…

Ivana abrió los ojos de par en par y le costaba articular palabra.

Pero el anciano cerró los ojos con suavidad.

—No, no lo molesten. Seguro tienen sus razones para no contarme…

Ivana logró reponerse del susto y empujó el hombro de Cristina.

—¿Desde cuándo lo sabes? ¿Por qué ni a mí me lo dijiste?

—Si te lo hubiera contado, solo habrías metido en problemas a tu hijo. ¿Acaso no te conoces? —le soltó el anciano, regañándola.

Ivana dejó de empujar a Cristina y se hundió en la silla, haciendo muecas.

—Cristi —el anciano apretó la mano de Cristina con todas sus fuerzas—, vinieron unos a preguntar por ti al pueblo y yo no les dije nada. Uno de ellos dijo que venían a escondidas de Javier…

—¿Javier? —frunció el ceño Cristina.

El anciano respiraba con dificultad, se esforzaba por tomar aire.

—Pato es noble y agradecido, pero nunca ha sido tan astuto como tú… Te lo pido, ayúdame a proteger la sangre de la familia Gutiérrez, te lo encargo…

—Abuelo…

Cristina quiso acercarle el oxígeno, pero él se lo impidió.

—Niña, siempre he sido una carga. Si no fuera por ti, hace mucho me habría ido. Aunque te adoptamos en la familia Gutiérrez, nos has dado más de lo que recibiste. Y aun así tienes que cuidar de esa madre y su hijo… Esta cara mía ya no sirve… —el anciano jadeaba— pero no tengo otra salida más que pedirte esto.

—Ya se fue, ¿ahora sí vas a hacer el papel de nieto ejemplar? Mejor vete a vivir tus lujos de la familia Jurado.

Era evidente que Cristina guardaba mucho rencor hacia los Jurado.

Saúl, viendo la expresión de Tobías, prefirió no decir nada.

—Cristi… —Ernesto tenía los ojos rojos— yo no busco riquezas, solo… hemos pasado demasiadas dificultades. Solo quería asegurarme un lugar en la familia Jurado, después…

Cristina lo interrumpió.

—¿De verdad crees que vivir juntos, aunque sea duro, es sufrir? Mira bien al anciano que está ahí adentro, ¿podrás vivir en paz toda tu vida?

Ernesto bajó la cabeza, avergonzado.

Cristina lo ignoró y salió de la clínica como un fantasma, sin darse cuenta que había perdido un zapato.

Afuera, la lluvia caía persistente, pero ella no la sentía.

El viento arremetía, empapándola y calándole hasta los huesos, pero no reaccionaba.

Las piedras filosas le cortaban la planta del pie, y en vez de quejarse, sintió que ese dolor era justo, como si estuviera pagando por sus pecados.

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