Tobías se quedó mirando la silueta de Cristina por largo rato, inmóvil bajo la lluvia, hasta que la vio tambalearse. Fue entonces cuando por fin atravesó el aguacero, sin pensarlo.
—¡Cristina! —La tomó por los hombros y la obligó a darse la vuelta.
Se le notaba que ya no tenía esa fortaleza de antes; en ese momento, Cristina parecía tan frágil que daba la impresión de que podría romperse con solo tocarla.
—Ya no tengo familia, ¿qué voy a hacer? Ni siquiera tengo un hogar…
Las lágrimas resbalaban por el rostro de Cristina y Tobías sintió un apretón en el pecho, tan fuerte que lo dejó sin aliento.
No se lo esperaba.
Después de tantos años habituado a ver la muerte de cerca, pensó que su corazón se había vuelto de piedra. Y hasta ahora, la verdad, no sentía nada especial por ella.
Pero mirar su cara bañada en lágrimas, los labios mordidos hasta sangrar, le despertó una compasión inesperada, un deseo irrefrenable de abrazarla y protegerla.
Sin pensarlo dos veces, obedeció ese impulso.
Tobías la rodeó con sus brazos, sintiendo cómo el cuerpo empapado de Cristina temblaba contra él. Colocó la palma de la mano en su nuca y la acercó a su pecho, como si intentara consolar a una niña pequeña. Le acarició la espalda suavemente, murmurando con voz baja:
—Tu abuelo quería que siguieras adelante. Si te ve así, no podrá descansar tranquilo. Ya no llores, ¿sí?
—¡Pero yo quiero llorar! No puedo divorciarme, tú tampoco me dejas llorar, ¿por qué?
Cristina se aferró a su camisa, su llanto desgarrador se transformó de pronto en un sollozo ahogado.
Tobías apenas tuvo tiempo de alarmarse, cuando ella perdió las fuerzas y se desplomó en sus brazos.
La levantó de inmediato, y Saúl corrió hacia ellos con un paraguas, tratando de cubrirlos de la lluvia.
—¿Quieres que avise al hospital para que preparen la suite privada? —preguntó Saúl, entre jadeos.
Tobías echó un vistazo rápido al edificio del hospital, pero luego, sin decir palabra, se la llevó en brazos hacia el carro…
…
Suite de la terraza del Hotel Puesta de Sol.
Tobías cargó a Cristina hasta el baño. Apenas le quitó su chaqueta, la escena lo dejó sin palabras.
El vestido de verano, empapado, se pegaba a la piel de Cristina, dejando entrever las curvas de su cuerpo.
Por primera vez, Tobías entendió por qué Octavio se negaba a dejarla ir.
Cristina tenía un rostro de una belleza natural implacable y una figura que parecía esculpida a mano.
Incluso alguien como él, acostumbrado a la austeridad y la indiferencia, tuvo que esforzarse para apartar la mirada. ¿Cómo no iba a perder la cabeza cualquier otro hombre?
Pero, ¿qué clase de pensamientos estaba teniendo en ese momento?
…
El estado de Cristina era delicado: el shock y el resfriado la hicieron caer en un sueño febril.
Por suerte, el médico dejó medicinas preparadas para cualquier situación.
Cristina se acurrucó en la enorme cama, envuelta en sábanas limpias, con la camisa de Tobías colgando sobre sus hombros. El cuello abierto dejaba ver una clavícula enrojecida; sus labios, resecos, le daban un aire vulnerable, una especie de belleza rota que resultaba imposible de ignorar.
Tobías se quedó de pie junto a la cama, observándola con tal intensidad que por un momento pensó que era él quien tenía fiebre.
En ese momento, Saúl entró con el jarabe para la fiebre y tocó la puerta suavemente.
Fiel al manual no escrito de “Cómo sobrevivir a un jefe irritable”, Saúl evitó mirar a la mujer en la cama.
Tobías se giró, tomó el jarabe de sus manos y se sentó a un lado de Cristina.
Pero apenas acercó el vaso a los labios de ella, se dio cuenta de algo.
Estaba inconsciente. ¿Cómo iba a darle el medicamento si no podía despertarla?
Saúl, asomado en la puerta, le hizo señas con las manos y una sonrisa traviesa:
[Usa tu boca, aliméntala con la boca.]

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