Marisol se puso tan pálida que parecía que se iba a desmayar. Todo el cuerpo le temblaba y se apresuró a justificarse.
—Juro que nunca he pensado así, solo... solo creí que había que acabar con todo de raíz para evitar problemas futuros. Lo hago por nuestro objetivo, nada más.
Adrián la observó unos segundos en silencio; la furia en sus ojos se calmó un poco, pero seguía mirándola con una frialdad que helaba la sangre.
—¿Y no eres tú el mayor problema para mí?
Marisol sentía el sudor correrle por la espalda.
—Si yo pudiera casarme con Octavio, te aseguro que me iría lejos con él. ¿Cómo podría convertirme en un peligro para ti?
Adrián soltó una risa burlona.
—Si quieres usarme para conseguir al tipo que te gusta, más te vale portarte bien. Tanto la vez pasada como ahora, te aprovechas de mí para tus propios fines. Todo eso ya te lo tengo bien anotado. Si algún día me quedo sin lo que quiero...
Adrián se acercó un paso, su sombra cubriéndola.
—...te vas conmigo al fondo del pozo.
Marisol se estremeció. Por dentro, respiró aliviada. Al menos esta vez había salido viva, pero… ¿y con Jimena, cómo iba a solucionarlo?
...
Amanecía.
Cristina había logrado dormir tranquila la segunda mitad de la noche. Aunque su reloj biológico la empujaba a despertar, se resistía a abrir los ojos.
Había algo reconfortante en quedarse dormida apoyando la cabeza sobre ese “cojín” firme y cálido. Sin darse cuenta, se acurrucó aún más y hasta estiró la mano para apretar lo que tenía al alcance.
Pero la sensación que sintió en la palma la sobresaltó.
Eso... ¿por qué se sentía como un pan duro?
Abrió los ojos de golpe, alarmada por esa extraña intuición, y lo que vio la despertó por completo.
¡Estaba acostada en el pecho de un hombre!
Subió la mirada, desorientada, y al reconocerle la cara, se le fue el aire.
—¿Otra vez terminé contigo en la cama?
Tobías tenía el sueño ligero, y sus palabras lo despertaron. Se incorporó, frunciendo el ceño, y le lanzó una mirada de absoluta indiferencia.
—Te dio fiebre y te desmayaste. Toda la noche estuviste dándome lata.
Cristina suspiró aliviada al saber que no había pasado nada indebido. Que Octavio la hubiera engañado era su problema, pero ella tenía sus propios límites y jamás se convertiría en alguien como él.
Pero antes de que pudiera relajarse del todo, Tobías la hundió de nuevo en la vergüenza.
—Al darte el medicamento, te aferraste a mi pierna y no me soltabas. Incluso me jalaste el pantalón.
En ese momento, Saúl tocó la puerta de la recámara.
Cristina fue a abrir y, al ver su aspecto, Saúl se quedó pasmado y desvió la mirada enseguida.
Solo entonces ella se dio cuenta de que llevaba puesta una camisa de hombre, y por debajo... nada más.
Avergonzada, se escondió detrás de la puerta.
Saúl, sin atreverse a mirarla, le extendió una bolsa de papel.
—El señor Jurado dio las tallas. Una compañera fue a comprar la ropa, revisa si te queda.
Su ropa de ayer había quedado empapada con la lluvia y estaba imposible de usar.
Cristina aceptó la bolsa, agradecida.
—Bueno, si no hay nada más, me retiro. Si necesitas algo, dile al jefe que me llame.
No terminó de decirlo y ya había salido huyendo como si lo persiguiera el diablo.
Cristina se metió a otra habitación, se bañó y se cambió con la ropa que Saúl le había traído. Para su sorpresa, todo le quedó perfecto.
Al salir, vio que Tobías ya estaba sentado en la mesa del comedor, jugando con el desayuno que tenía frente a él.

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