Con el murmullo suave de Tobías, Cristina fue recobrando la calma, aunque seguía aferrada a su cintura.
Su nariz rozaba el pecho de él, y aspiraba profundamente el aroma de su piel mezclado con el de su gel de baño. Sin darse cuenta, murmuró algo en voz baja.
Tobías no alcanzó a entender lo que dijo.
Dicen que lo que uno dice dormido puede revelar secretos ocultos.
Tobías soltó una risa baja, listo para bromear con ella, pero en ese instante, Cristina, guiándose en la oscuridad, encontró con precisión el segundo botón de su camisa y lo enganchó delicadamente con sus dedos.
Las palabras se le atoraron en la garganta, y una oleada de sorpresa lo dejó sin habla.
En sus recuerdos, la niña que siempre se acurrucaba en su pecho para dormir, hacía exactamente lo mismo: con sus deditos sujetaba los botones de su camisa para sentirse a salvo.
Cristina murmuró algo más, como si estuviera diciendo el nombre de otra persona.
Por inercia, Tobías quiso acariciarle la cara, pero su mano se detuvo en el aire.
Los años le habían enseñado a ocultar sus emociones muy en el fondo.
No era la primera vez que albergaba una chispa de esperanza solo para verla apagarse enseguida.
A veces, incluso aquellos que fingían ser ella lograban imitar gestos de su infancia, pero tarde o temprano, la farsa salía a la luz.
Con Cristina… ya no quería dejarse llevar por el impulso.
Porque la esperanza, mientras más se acumula, más duele cuando se rompe.
Con ese pensamiento, Tobías la arropó con la cobija y le susurró:
—Mañana cuando despiertes, no quiero verte triste, ¿de acuerdo?
La única respuesta fue el sonido apacible de su respiración.
...
Al mismo tiempo, en Villa de la Paz.
Pero justo antes de tocarla, Adrián se detuvo. Algo cruzó por su mente y bajó la mano.
Se cruzó de brazos, clavando la mirada en Marisol.
—Ahorita Octavio está clavado con Jimena. Si hay que cuidarse de algo, es de que Jimena salga embarazada de él. Cristina ya es solo un juguete, Octavio ni siquiera quiere tocarla, no vale nada. Si sigues empujando a mi gente para que la ataque, ¿qué pretendes conseguir?
Marisol agachó la cabeza y pensó rápido, buscando una excusa para zafarse.
De pronto, Adrián pareció comprenderlo todo y explotó:
—Así que todo este tiempo, en realidad te uniste a mí solo para usarme, para que yo te limpiara el camino. ¿No que solo con conquistar a Octavio, la herencia de la familia Lozano sería para mí? Yo más bien creo que apenas consigas a Octavio, vas a apuntar su pistola contra mí. Qué lista eres, Marisol.
—No es así, no es lo que piensas…
Adrián la miró con desprecio y dureza.
—A mí no me asustan los que son más listos, porque si no puedo ganarles en el juego, los hago desaparecer. Oliver, llévala a tu criadero de cocodrilos.

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