Cristina miró a Jimena y, en ese instante, comprendió que esa mujer no servía como peón, pero como herramienta para abrirse paso, sí que podría aprovecharla.
Así que, en tono ambiguo, soltó:
—Pues te deseo que consigas tu objetivo pronto. Tengo que irme, una amiga me está esperando. Nos vemos.
Regresó al salón privado justo cuando Tobías terminaba de hablar por teléfono.
—¿Vas a seguir comiendo? —preguntó él.
Cristina se quedó pensando unos segundos.
—¿El evento de firma del contrato para las nuevas baterías de Dinámica Suprema? ¿Tienes tiempo para venir?
Tobías levantó una ceja, con esa sonrisa que siempre la descolocaba.
—¿Te caigo mal y, aun así, quieres que vaya? ¿Todas ustedes son tan contradictorias?
Cristina cerró los ojos un momento, tragándose las ganas de discutir.
—Olvida lo que dije. De todos modos, gracias por el ungüento que me diste. Esta comida la pago yo.
Así, quedaban a mano. Ni siquiera tendrían que verse de nuevo.
Dicho eso, Cristina se giró y se fue sin mirar atrás, como si nada la atara a ese lugar.
Tobías tardó apenas un instante en salir tras ella, justo cuando Gabriel también salía del salón.
Al verlo, Gabriel soltó una sonrisa de esas que no convencen a nadie.
—Señor Jurado, qué coincidencia encontrarnos por aquí.
Tobías solo lo miró, sin molestarse en responder.
...
Un rato después, Saúl pasó a buscar a Tobías.
—Ya que comieron juntos, supongo que aclararon las cosas, ¿no? —preguntó Saúl, genuinamente interesado—. ¿Cristina ya le dio el mechón de cabello que necesitaba?
Tobías apretó los labios, guardando silencio.
Saúl entendió la indirecta y, con tono ansioso, propuso:
—¿Y si mejor la secuestramos y le sacamos sangre de una vez?
Tobías lo miró de lado.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando conmigo?
Saúl hizo cuentas con los dedos.
—Diez años y tres meses.
—¿Y después de tanto sigues con ese aire de bandido? Ir directo a arrancarle el cabello, eso lo hace una señora en plena pelea en la plaza. Nosotros debemos tener clase.
Saúl asintió, aceptando la lección.
—Por cierto, el asunto de la compra de Grupo Visión... El presidente volvió a cambiar de opinión. Ese viejo es más listo de lo que parece; quiere sacar provecho de los dos lados.
Tobías le lanzó una mirada rápida.
Detrás de ella estaban Cristina y varios altos mandos de la empresa.
De ser una pequeña compañía que solo acumulaba pérdidas y nadie conocía, ahora Dinámica Suprema pisaba fuerte en el escenario de los grandes.
Por fin, todos los ojos estaban puestos en ellas.
Ángela levantó su copa de champán; sus ojos se llenaron de lágrimas.
Cristina puso una mano sobre su hombro, invitándola a apoyarse en ella.
El gesto parecía decir: no importa cuán fuerte sople el viento, mientras estén juntas podrán superarlo todo.
Octavio, sentado entre el público, se veía mucho mejor de salud ese día. Miraba a Cristina desde lejos.
Recordó que ella, alguna vez, había hecho exactamente lo mismo por él, diciéndole esas palabras cuando todo se venía abajo.
En tan solo cuatro años, ¿cómo habían acabado así?
Mientras se perdía en sus pensamientos, Marisol se le acercó sigilosamente.
—Hermano, ya sigue la fiesta, pero el doctor dijo que no puedes tomar. Ahora que terminó la ceremonia, ¿por qué no nos vamos?
Octavio asintió.
Apenas se puso de pie, Marisol, casi por reflejo, lo sostuvo del brazo.
En ese momento, escucharon la voz de Cristina detrás de ellos.
—Señor Lozano, señora Lozano, ¿ya se van?

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