Cristina no se conmovió ni tantito al ver la expresión de sufrimiento y resignación en el rostro de Octavio.
—No creas que porque me ayudaste a darle una lección a Marisol, ya vas a ganarte mi simpatía. Octavio, al principio te di una oportunidad, fuiste tú quien la desperdició. Y ahora que vienes con esa cara de víctima, ¿no te das cuenta de lo ridículo que eres?
Apenas terminó de hablar, intentó empujarlo para hacerse a un lado.
Pero él ni se movió.
Cristina se dio cuenta de inmediato: apenas unos días de calma y este tipo ya estaba tramando algo otra vez.
—¡Hazte a un lado! Si no, te vuelvo a clavar el veneno de serpiente.
Octavio apoyó ambas manos en el borde del lavabo, bloqueándole el paso, sin dejarle ni la más mínima posibilidad de escapar.
—Tengo preparados varios antídotos, ¿de verdad crees que voy a tropezar dos veces con la misma piedra?
Cristina solo lamentó que justo en ese momento hubiera tan poca gente en el baño; si hubiera más testigos, seguro este hombre se controlaría un poco.
Octavio la miró luchar por soltarse, con el rostro enrojecido. Pero tampoco quería arrinconarla demasiado, así que bajó la voz.
—Cristi, dime una solución que de verdad funcione. Yo la hago. Cuando termine, tú decides si me das aunque sea una oportunidad para arreglar las cosas entre los dos.
—Perfecto. Haz que mi abuelo vuelva a la vida.
El cuerpo de Octavio se tensó de golpe. Por un instante, la tristeza y el dolor lo dejaron sin palabras. Estaba a punto de contestar, cuando una voz masculina, profunda y algo burlona, sonó a sus espaldas.
—Después de que lo degradaron, el señor Lozano sí que está viviendo sin preocupaciones.
Octavio giró la cabeza. Vio a Tobías, impecable con su traje oscuro, mirándolo con una sonrisa casi imperceptible, cargada de ironía.
Cristina aprovechó ese segundo de distracción y lo empujó sin pensarlo dos veces, saliendo del baño a toda prisa.
La figura alta de Tobías se interpuso entre ella y Octavio, cerrándole el paso al hombre.
Quedaron los dos frente a frente. Un silencio denso llenó el baño.
Al final, fue Tobías quien rompió la tensión, y su voz no ocultó el tono mordaz.
—Señor Lozano, si de verdad pensabas soltarla, deberías aprender a hacerlo como se debe, sin tanto drama.
Octavio bajó la vista hacia el anillo en el dedo anular izquierdo de Tobías y replicó, con una mueca desdeñosa.
—¿Y tú qué? Un tipo casado metiéndose tan rápido por una mujer ajena… ¿eso sí es de hombres? ¿Ya sabe tu esposa lo generoso que eres con las demás?
Tobías, lejos de molestarse, sonrió con una seguridad arrolladora.
—Tú y yo no somos iguales. Ni te compares conmigo.
—No todo el mundo necesita tacones altos. Si te bajaras cinco centímetros, en realidad… te verías todavía mejor, con ese cuerpo que tienes.
¿Le estaba diciendo que tenía mal cuerpo?
Cristina recordó aquella mañana que despertó con su camisa puesta. Aún le daba pena cómo había terminado usando su ropa, así que nunca le preguntó cómo fue que se la cambió.
¿Y ahora él se atrevía a burlarse de su figura? ¿Eso quería decir que… la había visto?
Cristina, furiosa, levantó el pie para darle una patada.
Tobías se agachó ágilmente y atrapó su talón, sujetándola apenas, sin lastimarla.
—¿Cómo está eso? Para patearme tienes equilibrio, pero para caminar no. ¿A poco lo haces a propósito para llamar mi atención?
Eso la indignó aún más. Justo cuando intentaba zafarse de su agarre, Tobías cambió de expresión en un segundo.
Antes de que Cristina pudiera reaccionar, él soltó su pie y la sujetó de la cintura, girándola de golpe.
En ese instante, una barra de acero pasó rozando el hombro de Tobías y se estampó en el suelo con un estruendo sordo.
Varios tipos con pinta de pandilleros los rodearon en cuestión de segundos.
El hombre, que hacía apenas un momento parecía todo un caballero, ahora irradiaba una energía cortante, lista para todo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa