—¿Quién les mandó venir? —preguntó Tobías.
Uno de los tipos soltó en tono burlón:
—Tu papá.
Apenas dijo eso, los demás se le fueron encima en grupo.
Pero, aunque Tobías tenía a Cristina resguardada entre los brazos y sus movimientos estaban algo limitados, bastaron unos cuantos golpes certeros para dejar a todos los matones tirados en el suelo.
Sin dudarlo, presionó con su reluciente zapato la cara del que le había contestado con tanta insolencia, aumentando poco a poco la fuerza.
El tipo, desesperado por el dolor, terminó cediendo:
—Nos contrataron para darle una paliza a la mujer de la foto.
Mientras hablaba, con manos temblorosas sacó su celular y se lo mostró a Tobías.
En la pantalla aparecía una foto de Cristina, tomada en el jardín de Residencial Bahía Platina.
En esa imagen, Cristina tenía el semblante sereno, sin rastros de preocupación, irradiando esa dulzura y pureza que solo tienen las recién casadas.
Se notaba a leguas que la foto tenía varios años, y el único que pudo haberla tomado era Octavio.
Sin embargo, en el corazón de Cristina, la primera persona en la que pensó fue Marisol.
Seguro que, en algún descuido, Marisol usó el celular de Octavio para copiar esas fotos.
—¿Quién es la persona que los contrató? ¿Cómo los contactaron?
Tobías no se percató de que Cristina había quedado absorta en sus pensamientos, él seguía enfocado en el interrogatorio.
—No sabemos quién es, solo tomamos el trabajo como siempre. Todo es por mensajes, nunca en persona. Cuando se termina, vamos a donde nos indican y recogemos el dinero, nunca vemos a quien nos contrata —contestó el matón, con cara de angustia.
En ese momento, Saúl llegó en el carro y se detuvo junto a ellos.
Tobías se giró y le lanzó una mirada.
—Llegaste justo a tiempo.
Saúl bajó del carro con expresión apenada y murmuró:
—Pensé en darles un poco de tiempo a solas... ¿quién iba a imaginar que se llenarían de colados?
Tobías le dejó a Saúl el lío para que lo resolviera, confiscó el celular del matón y se llevó a Cristina de ahí.
Mientras avanzaban, Cristina vio por el retrovisor a los tipos todavía tirados en el piso y de pronto cayó en cuenta: la amenaza de Jimena Velázquez ahora estaba en manos de Marisol.
...
Mientras tanto, en una habitación de hotel.
Marisol acababa de recibir una llamada y estuvo a punto de aventar el celular contra la pared.
—Ni siquiera pueden dar una lección decente, bola de inútiles... ¡se lo tienen bien merecido...!
No terminó la frase porque al hablar, el moretón en la comisura de sus labios le hizo soltar un jadeo de dolor.
Marisol resopló:
—Ahí estabas, escuchando cómo te llenaban la cabeza contra mí, mientras ella aprovechaba para acercarse a Octavio. Tú eres el trampolín que ella usa, aunque creas que lo hace de buena fe. Qué ingenua.
Decidida, Jimena soltó un puñetazo sobre el colchón, haciendo rebotar los resortes.
—¿Jugar conmigo? Ya verá cómo puedo hacerla sufrir, destruir a una mujer es lo mío.
Sin perder tiempo, sacó el celular y marcó un número...
...
Dentro del Ferrari.
Cristina, sentada en el asiento del copiloto, lanzaba miradas furtivas a Tobías una y otra vez.
Por dentro, sentía que le había causado demasiados problemas ese día, pero no lograba encontrar las palabras para decir “gracias”.
Tobías, que llevaba rato notando sus miradas, habló al fin con calma:
—No hace falta que me agradezcas.
Cristina alzó las cejas, dudando que él pudiera ser tan desinteresado.
—Con que me des dos...
No terminó la frase porque el celular de Cristina comenzó a sonar.

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